Un colombiano cualquiera llega a vivir a otro país y descubre de inmediato dos cosas.
Que allí obedecen las normas aunque no los miren, y lo segundo, o primero en importancia, que las personas confían en el otro. Es raro para quienes somos criados en el ejercicio constante de la sospecha que alguien que apenas conocemos pueda ser confiado de entrada. Y son pues esos dos principios de convivencia los que hacen la diferencia.
Algunos hechos demuestran cómo Colombia se ocupa con pasión de desconfiar, ejercita la astucia para saber quién oculta una segunda intención y presume quién le sirve a quién. Por un lado, la renuncia de la fiscal Viviane Morales ante la supuesta irregularidad de su nombramiento; aunque se trata tal vez de otro asunto, el de la inconveniencia de convivir con Carlos Alonso Lucio, un hombre bajo todas las dudas posibles. En este asunto se extrema el deporte nacional del salto triple con sospecha para elucubrar quien está detrás y por qué.
La fiscal Morales tuvo empeño en su tarea de administrar justicia, pero encuentra pronto la oposición de columnistas mujeres que la ponen en entredicho porque suponen que somete su ejercicio a los mandatos de su marido Lucio. Dudo que este cargo se lo hubieran endosado a un hombre, no importa con quien estuviera viviendo, porque se sospecha que las proclives y débiles son las mujeres. La gavilla de opinantes y su cerrada inquina, no estoy segura que tratara de defender de manera altruista la justicia en Colombia. De hecho terminaron del mismo bando de su muy criticado Obdulio y su pupilo Ferleyn Espinosa, quien demandó la elección. Todos terminaron sirviendo a la misma causa. Ahora que está bien enredado, otra vez, el nombramiento de un fiscal para Colombia, la opinión desorientada duda de que se encuentre a alguien en el que se pueda confiar.
Por otro lado, Alonso Salazar termina su período como alcalde de Medellín y se le inhabilita durante 12 años para ocupar cargos públicos por supuesta participación en política en las elecciones locales. Durante todo su ejercicio denunció sin temor la infiltración de la delincuencia en organismos de justicia y sirvió para judicializar a personajes oscuros como El Cebollero. Pero es por haber hecho públicas las quejas de ciudadanos a los que los combos habían amedrentado en los barrios amarrando su voto por determinado candidato, e interfiriendo así la elección, es por esta denuncia que la Procuraduría decide que debía haberse marginado como funcionario y permitir que esto ocurriera, si quería preservar su carrera pública. Salazar pregunta ante este precedente quién se atreverá en adelante a denunciar hechos irregulares. La Procuraduría sospecha sobre la intención que tuvo el exalcalde porque la presunción de inocencia no opera para ella.
El haber crecido en el culto a la trampa. El hecho de sacar partido personal del error del otro. El desconfiar siempre de su intención. La sospecha como conducta automática en este medio es una incapacidad de reconocer un lugar a los demás. Es la forma expedita de anular al otro. Y el conjunto de toda la desconfianza social acumulada se traduce en una inmovilidad que impide también el desarrollo de la justicia como un adecuado uso de la duda y la sospecha.
Cada vez va quedando más lejos la confianza, que es el pacto sobre el que una sociedad convive. Y se refunde la justicia. Y se enreda la resolución pacífica de los conflictos. La sospecha entretanto reina.