LA PRIMERA PÁGINA DE LA EDICIÓN del domingo de El Espectador (25-01-2009) tiene la fotografía de Gabriel Aponte, la calavera de Nolbeiro, uno de los falsos positivos, muerto a los 23 años, encontrado en Chivor y exhumado la semana pasada.
‘El rastro del horror’ fue el título. Tiene las características de las imágenes que logran dar cara a una guerra. Por más que se descubran uno a uno los falsos positivos y con la importancia que tiene hacer justicia en Colombia en una guerra irregular, es sólo con la contundencia de una imagen con la que puede darse perennidad e identidad en la memoria colectiva al conflicto.
Pasó en la guerra de Vietnam. Fue la niña Kim Phuc, desnuda huyendo de su pueblo bombardeado con napalm, que quedó plasmada frente al fotógrafo coreano Nick Ut, y representa más que todo lo escrito sobre la infame desproporción ocurrida en 1972, en la imagen ganadora del premio Pulitzer. Ese ocho de junio el mismo reportero llevó a la niña al hospital y hoy vive en Canadá como embajadora de la Unesco. Esa toma eternizó la guerra de Vietnam en toda su inhumanidad.
Pasó también con la fotografía de Robert Capa, muerte de un miliciano, del momento en que un soldado cae en el campo de batalla: se volvió la imagen de la Guerra Civil española. Es el anarquista Federico Borrell García cayendo ante un balazo en un campo cercano a Córdoba el 5 de septiembre de 1936 a los 24 años. El logro instantáneo del fotógrafo húngaro desde la trinchera (aparece el fusil en el extremo de la mano, cuando lo suelta el soldado) parece un montaje, pero las 40 fotografías que Capa tomó aquel día garantizan su verdad. Ninguna como ésta, representa el macabro momento entre la vida y la muerte, en la Guerra Civil de España.
También está en la galería el inolvidable hongo de Hiroshima, el 6 de agosto de 1945: el fotógrafo Yoshito Matsushige, de 32 años, desayunaba a tres kilómetros de la explosión y medio lesionado, luego de dejar a su mujer embarazada a salvo, tomó su Mamiya e hizo 48 fotografías caminando por la ciudad. Fue el único que testimonió aquel día; la humanidad tiene así la certificación de esto que avergüenza sólo verlo.
Gabriel Aponte ese día en Chivor tuvo la sangre fría de la que carecieron la mamá, la esposa y el hermano de aquel cadáver en el momento en que la Fiscalía pidió al sepulturero que desenterrara a Nolbeiro Muñoz. Era mejor no mirar para no quedar con los ojos pegados a aquella imagen del terror: el muchacho muerto el 17 de septiembre de 2007, dice según el dictamen legal “de proyectil de arma de fuego en conflicto armado con el Ejército”. Aponte lo guardó fijamente: el rostro de un falso positivo, la cara del crimen de Estado en una máscara de huesos desencajados que produce el golpe visual para representar esta guerra irregular.
Son pues imágenes como las de Aponte, de Matsushige, de Ut y de Capa las que fijan en la memoria el abstracto concepto de la guerra, de una guerra específica. Resultan ser una visión eterna de quien mira con ojos despejados ese momento de turbación de la muerte en ejercicio de sus funciones en la guerra. Para que queden fijas en un eterno presente de horror. Y en la memoria de todos.