HACE CASI 15 AÑOS SIGO CON INTErés los pasos de Antanas Mockus como personaje de enorme significado para este país.
Constaté en vivo cómo era la Bogotá que él se dispuso a gobernar como alcalde cuando en 1995 (y desde finales de los años 80) buena parte de los ciudadanos quería irse o se avergonzaba de vivir en un lugar que era tierra de nadie. No podía creerse que un profesor universitario pusiera a soñar a una ciudad tan descreída como aquella y que además cambiara el signo de la esencia bogotana hecha de indiferencia y de irrespeto. Había que frotarse los ojos para ver cómo se traducía este cambio en el tránsito al ceder el paso o en la confianza en momentos tan difíciles como aquella bomba de El Nogal en la que Antanas tomó en sus manos dar cordura a una ciudadanía salida de sí.
Desde que fue elegido alcalde él ha seguido su inteligente trayectoria política, contraria a la común: ha depuesto su figuración personal para reunirse con los mejores e ir produciendo un interés creciente en las franjas de opinión saturadas de corrupción y del declive del país que se ha entregado por inercia a quienes lo saquean del talento y la riqueza. Para construir de a poco la confianza de poder cambiar las cosa, Antanas Mockus ha permanecido todos estos años trabajando en lo público con la convicción de incidir sobre esa mentalidad acobardada, algo que es insorteable, y establecer con Enrique Peñalosa y Lucho Garzón un territorio independiente para atraer descreídos y sumar una masa de apolíticos que cede el campo a los más pérfidos para hacer política de la peor calaña, y poder en cambio crear una nueva franja donde entren a contar millones de indiferentes. Tras la elección del Congreso y la consulta del Partido Verde 2010, se comprueba que hay un espacio por ocupar, nacido de la fatiga y el descrédito de figuras que han demostrado su capacidad de traicionar todo principio.
Este espacio hace que Mockus sea un motivo concreto de esperanza para este país, más aún unido con Sergio Fajardo, dos matemáticos que hacen todo lo contrario de milimetría política. Se trata de hacer a escala nacional lo que trabajaron en las dos ciudades que gobernaron, al madurar políticamente a la gente con participación, con cero corrupción, con educación. Lo opuesto de lo que propone Juan Manuel Santos o Noemí Sanín que tendrán que repartir todas sus prebendas para ver quién hereda la política creada en ocho años de oscuridades equitativamente repartidas con corrupción e ilegalidad campantes. Mockus-Fajardo son un claro contrapeso nacional y son una lección de dignidad y de ética en un país capaz de elegir de nuevo un Congreso de parapolíticos después de haber dejado al descubierto al anterior.
Producir un interés, una confianza en una política que no esté basada en la guerra o en la corrupción es levantar del decaimiento a la opinión urbana no contaminada. Trabajar sobre la pedagogía, sobre la capacidad de transformación de la educación, sobre la igualdad, sobre la ética, nos puede comenzar a sacar del barranco en el que nos hemos metido por cuenta de la guerra no escogida en la que estamos.
Los temores sobre los destinos de la economía colombiana o sobre el manejo de la guerrilla han hecho que las decisiones en los últimos años hayan sido tomadas a favor del primero que prometa fuerza. Ahora puede probarse la inteligencia como la forma de dominar la brutalidad que ha sido el signo común de la ilegalidad, para no echar más leña al fuego y no elegir esta vez más de lo mismo.