Estamos todos advertidos del camino culebrero. Para tratar de resolver con palabras un conflicto que se ha vuelto peor por el atajo de las armas, hay que convencerse del daño que nos hemos hecho persistentemente en 50 años, enfrascados en resistencias y cegueras sin reconocer al otro un centímetro de razón, un minuto de atención, como parte del mismo país.
Repetirnos lo dicho por Otto Morales Benítez, cuando el diálogo estaba nuevo y él era un negociador temprano: “los enemigos agazapados de la paz” y después, los cientos de sabotajes hechos a cualquier intentona por ensayar la política y no sacar las diferencias a través de las armas. Ahora los traficantes y los negociantes del caos hacen pérfidas apuestas contra la perspectiva de otra conversación, un acercamiento, unas cartas puestas al fin sobre la mesa. Pero aquí está de por medio una nación hastiada que quiere pensarse por una vez sin dedicar toda su energía y recursos a la guerra. Sin invertir esa cifra absurda que serviría a cualquiera para plantarse a favor del diálogo: de cada 100 pesos que gastamos los colombianos, 17 van a la guerra. Contra la voluntad de la mayoría.
Juan Manuel Santos, que poca convicción de fondo demuestra (hasta ahora), es capaz de emprender una estrategia de acercamiento durante meses y mantenerse en ella a pesar de los hechos del conflicto armado que implican muertes y atentados, con la sola idea de no dejar pasar una oportunidad para otra vía, contra todas las que se han dado a las armas. Como decía Guillermo Cano: “¿Por qué no intentar la paz?”. Y tener inteligencia, como la demostró Santos al nombrar como negociadores también a quienes han estado en las Fuerzas Armadas y a quien ha ejercido la peor resistencia a las negociaciones, como el general Mora. Designar al ratón para cuidar el queso, una paradoja hábil. Y decirles a los industriales que el proceso tiene que ser con ellos, a través de Luis Carlos Villegas y a Humberto de la Calle, que desde la Constituyente hasta su ejercicio periodístico ha demostrado una independencia de juicio y una probada capacidad dialéctica. Sergio Jaramillo, un experto filósofo que se ha adentrado en la diplomacia para la paz y en la estrategia de la inteligencia, y los otros seis que acompañarán estas mesas de Oslo y La Habana, que tienen una consigna mutua previa: no levantarse hasta llegar a un acuerdo. Y hacerlo en el plazo de meses y no de años. Y conseguir un proceso “serio, digno, realista y eficaz”.
Más nos vale a todos contribuir al envión. Y en especial desistir de posar como provocadores, fisgones, infidentes, especuladores, las actitudes más perjudiciales en los procesos de paz del pasado. Renunciar a robar información a los voceros autorizados que estarán sentados en la mesa y que se han comprometido a informar a la ciudadanía sobre los avances. Y usar todas las redes con las que se puede movilizar hoy la opinión para demostrar el tamaño del compromiso con este proceso. Convencernos de una búsqueda de la paz que no es ausencia de conflicto sino aprendizaje de maneras civilizadas de resolverlos. Usar todas las palabras y los canales políticos donde antes hubo desconocimiento y agresión. Como dice Héctor Abad Faciolince en su blog Matapesares “Acuérdate de olvidar”, “Este país nunca podrá reconciliarse consigo mismo y con su propio pasado si no les damos a nuestros enemigos, al menos, el beneficio de la duda. Tal vez también ellos tenían algo de razón. Siempre. Tal vez ellos creían actuar en defensa propia cuando mataron a los justos. Tal vez ellos mataron porque no sabían lo que estaban haciendo”.