Pasacalles, anuncios de prensa y estanterías de supermercados los promocionan como un consumo imprescindible para poder llevar la propia vida al estado de felicidad.
Así, con esa palabra, tan comprometedora como imposible. Y no parecen ser brujos aunque son gurús de una religión que ahora tiene gerentes, entrenadores, conferencistas, redactores que se deslizan de la autoayuda hasta los entornos empresariales, a donde antes estuvieron el queso, la vaca, el océano azul, y antes el nivel de incompetencia, la reingeniería o como se llamen las modas que llegan y se van.
Estos expertos en vender paraísos ya no son filósofos, como entre los griegos, que pensaron cómo mirar distinto la existencia humana: aquellos que hacían preguntas y dejaban a sus discípulos removidos. Estos de ahora, en cambio, no se arriesgan porque lo que se vende son respuestas y fórmulas, que son infalibles. Y como hay muchas religiones de capa caída, pues ese espacio lo tiene que tomar el que lo aproveche. Junto al coto de caza de sectas que a través de ejercicios de fin de semana apacientan su rebaño, y otros se revisten del Oriente con su saber tradicional para servir de suplemento físico en el cuerpo contemporáneo hastiado de gimnasio y sobredosis.
Los nuevos sacerdotes de la felicidad carecen de todo escepticismo, de toda distancia frente a su feligresía: ellos están aquí para alimentar la credulidad y no para romperla. Después de Paulo Coelho y asociados, con millones de seguidores ciegos, la autoayuda se ha reencauchado para abarcar no sólo a los despechados e inseguros (mujeres al borde de un ataque de nervios) sino a las empresas y a sus empleados, que también son menesterosos de quién las conduzca hacia esos cielos que antes prometían los altares con sacrificios indecibles, pero ahora están al alcance de la mano, en el eterno presente. Son retórica simple combinada con remedios aplicables que quitan por un momento la angustia de vivir y saberse mortal. Como corresponde.
Pero hubo antes unos discretos filósofos de la existencia que se dirá no pueden nombrarse al tiempo ni compararse con estos aprovechados de la inestabilidad reinante.
¿Cómo tuvieron y conservan tantos seguidores filósofos cuyo mérito como escritores los adentra en la vida de quien los encuentra? Generaciones hallan en Bertrand Russell la ironía necesaria; otros en Kafka, Sartre, Camus, Sábato, Hesse, el dolor de existir que los acompaña; en Theilard de Chardin o Erich Fromm su propia idea de lo sagrado; en Paulo Freire o en Neill la incomodidad con la educación; en Wittgenstein, Maturana o Estanislao Zuleta la lógica y la forma de conocimiento propias. Ligas mayores de un pensamiento que comparte su discernimiento y sus dudas. Ellos no admiten a su alrededor la secta ni la teoría prefabricada como estas que ahora enfrascan escuelas y pacientes como ratones de laboratorio.
La autoayuda es el subproducto propio de la sociedad de consumo que hizo un puré donde ninguna consideración filosófica es reconocible porque la casuística es su sistema para que cualquier lector se sienta señalado varias veces. ¿Cómo se vive tan insatisfecho y todo lo felices que podemos ser?, sería su primer y único mandamiento, con el cual pudieran merecer una zurra por contribuir de manera tan obstinada a embrutecer a la distinguida clientela.
La camada de gurús entretiene y consuela mientras la eternidad sigue intacta y la felicidad sonríe inalcanzable.