Elecciones a la vista y tal vez, si acaso, la última oportunidad de firmar unos acuerdos donde los bandos no se han levantado de la mesa en un año.
Parecen escenarios opuestos de dos países distintos pero es una ocasión única. Están activas enemistades y promesas bien trepadas en tarimas de campaña para tornar la perspectiva del acuerdo final un botín. Es inestable el 2014 con la opción final de persistir en el diálogo para llevar el viejo conflicto a desembocar, o reincidir en la guerra, en rencillas, rencores, venganzas y retroalimentaciones que han mantenido a la noria girando como nación fratricida.
Qué hace tan inalcanzable la culminación del ensayo de salir por el diálogo de encarnizadas contradicciones internas, alimentada la hoguera a fuego lento. Qué hace a las campañas alinderarse entre persistir y llevar las conversaciones a la orilla o naufragarlas para devolverse a la tierra arrasada con sus horrores y tomar posesión de sus enclaves que son los que han mantenido este territorio en pugna durante 50 años…
Para representar el tamaño de diversidad que reviste Colombia tomo la metáfora de los obituarios de dos símbolos que murieron en el 2013 y fueron cantados, narrados, lamentados, espulgados, entronizados por muchos por el significado de sus obras. Son Álvaro Mutis y Diomedes Díaz. Por incomparables sirve la talla de sus diferencias. Escritor, culto, políglota, reservado, y monárquico el primero y cantante, popular, ambicioso, tradicional, desfachatado, atravesado, el segundo. La obra narrativa y poética de Mutis rebasó los linderos del Tolima donde partió su infancia y de Bélgica donde se educó, para ser reconocida en América Latina y en la Europa hispánica. El vallenato que cultivó Diomedes, lo hizo nacional e internacional, lo volvió juglar y casi una marca registrada de una alma íntima que se sale intempestiva en personas de orígenes dispares pero que sienten expresada su vida inconfesable. Casi un caballero (de cabalgadura) el primero, y cacique con diamante engastado para transmutarse en deidad, el segundo. Melancolía y espíritu de romanticismo inestable descrito con belleza depurada en Mutis; pragmatismo, emoción elemental, celos y deseos, exaltados en Diomedes.
Impensable dejar este sediento territorio tropical sin uno de los dos. Inconcebible que convivan armoniosos los que cultivan el género reposado, contrastado, narrativo y poético, con los otros que albergan urgidos sentimientos casi vergonzantes, ávidos de ser cantados por interpuesta persona. Mutis y Diomedes acuden a ayudar a unos y a otros por igual.
No es mejor un país que el otro. Es probable que admita mas calma aquel que lee y que esté en carne viva quien canta a grito herido un despecho, pero por uno y otro estado pasamos todos. El asunto álgido es cuando a esta hoguera de insatisfacciones, desconocimientos, impotencias, ardores, se la riega con odios, espejismos, ídolos encarnados, promesas, paraísos, devociones y todo es susceptible de empeorar. Ahí es cuando la reconciliación se aleja.
En este extenso territorio en el que cabe el alma de Mutis y también la de Diomedes, en el que corrientes subterráneas discurren en todos los sentidos, es donde se hace en extremo desafiante conseguir un acuerdo a través de las palabras, admitir que el otro es posible y necesario. Es aquí, ahora, cuando nos toca elegir entre ensayar un anhelo o persistir en una venganza. Una junta de opuestos como receta para esta violenta enfermedad.