El gesto reemplaza al acto, prolifera su intercambio como moneda y alcanza el valor del hecho, de trasformación, sirve como acta de lo que ocurre en una época instantánea y efectista.
Se echan un balde de agua fría en la cabeza y lo reproducen como virus en video: dicen financiar la asociación contra la enfermedad de Stephen Hawking y otros, la esclerosis lateral amiotrófica, de la que todo se desconoce, pero tanto se sabe de famosos que se retan: Falcao, Shakira, Juanes, Anthony Burdain o Putin se echan su baño de fama con el pretexto de ayudar a pacientes que pierden el uso de sus músculos, pero, sin mencionar cuánto aportan, multiplican el gesto como si salvaran el mundo. No echan mano al ébola que toca a la puerta como pandemia, porque no tiene el glamour del otro mal tan exclusivo.
Gesto: tatuarse la cara de Galán, hombre clave en la historia colombiana asesinado 25 años atrás por narcotraficantes aliados con políticos, y entre los homenajes, un tatuaje se hace su hijo Juan Manuel en la espalda con el ícono. Escoge ese pedazo de piel para que se lo vean los demás y no él; la herida se llena con tinta y queda registrada en Discovery. La imagen hace que exista. Un observador lamenta que no sean las ideas de Galán las que le hayan quedado grabadas de aquel hombre transcendental en el modo de ser y en el rigor del pensamiento, que termina tatuado en su hijo. Siquiera el líder se ahorró este cuadro.
Al inventor del reto del balde de agua fría, un muchacho desconocido antes de la campaña que creó por un amigo beisbolista que padece la esclerosis lateral, su éxito lo llevó a lanzarse muy alto a bucear y nunca más flotó del chapuzón que le costó la vida.
Una frase, un video, una fotografía reproducidas en redes sociales ponen en jaque la credibilidad de un sistema o a la defensora del sistema. Once lectores en la línea amarilla del Metro de Medellín inducen en silencio a la evacuación de la estación. Muy lejos de ahí, la frase de la directora del Fondo Monetario Internacional: “Los ancianos viven demasiado y eso es un riesgo para la economía global; tenemos que hacer algo ya”, dispara su imagen. Nadie busca comprobar qué pasa, pero reaccionamos a los gestos, porque todo es instantáneo y convencional y hay que encontrar el rasgo preciso para llenar la expectativa y no pasar desapercibido, que equivale a morir.
Al Metro en Medellín, su cultura aprehensiva la descarrilan unos ociosos que juegan a provocarlo al leer en fila esperando el vagón sin entrar en ninguno. Esta broma de bachillerato enerva a los policías bachilleres que lo vigilan.
Christine Lagarde, con su bronceado constante y su pelo canoso, defiende a ultranza la economía de mercado del Fondo Monetario Internacional, que maneja, con sus gafitas leninistas, de Lennon no de Lenin, al decir la frase lapidaria que ha vuelto sentencia catapultándola: la longevidad es un riesgo financiero.
Una selfie, el autorretrato inglés, la palabra reconocida por el diccionario Oxford en 2013. Un emoticón, signo de puntuación como un rostro, determina el tono en un mensaje. Un tuit al desgaire lanzado a la red pasa a ser lo que más se reproduce del momento crucial del encuentro de víctimas y victimarios de Colombia en La Habana.
Ventisca de muecas. Gestos en lugar de hechos es la apuesta de la época que se llena sin hacer nada. Encubre el vacío que tapa. Digiere lo inmediato y queda ávida del próximo gesto.