A veces una foto es una epifanía. Revela lo que muestra y también lo que arrastra.
En todo el caudal informativo que a diario se pierde y no llega a producir efecto alguno, solo la perniciosa anestesia de la conciencia y también la hiperestesia, esa sensibilidad excesiva y dolorosa de la presencia del ser contemporáneo que pretende estar en todas partes a la vez.
Es significativa una foto cuando ilumina el firmamento y lo rasga al producir un segundo de empatía humana, de conmoción, de ese sentimiento que parece estar en vía de extinguirse entre nosotros, pero por la contundencia de esa imagen, por su poesía y su desgarro, logra volverse un ícono, un mensaje unívoco que solo pocas fotografías logran ser.
Alan, el niño sirio muerto en una playa de Turquía, parece dormido. Vestido como occidental y abandonado, también sucumbieron su hermano y su mamá, pero él figura solo. Otros miles han sido víctimas de traficantes de esperanza en medio de la amenaza y el desencanto. Pero es él el que produce un cimbronazo moral en una Europa cansada y rebasada por crisis en todos sus bordes.
La foto de este niño nos vuelve a todos culpables: indefenso en la crueldad de la muerte solitaria, interroga al mundo cuya indiferencia espesa tiene costra.
No es la de Alan la única foto en producir al planeta un rapto de empatía; esa indignación moral que, si bien no moviliza la política, sí empuja una reacción en cadena que puede derivar en acción pública. Caravanas de refugiados, miles de náufragos intentan sobrevivir a guerras que los cercan y las representa este retrato conmovido de un niño que no alcanza el metro de altura y yace a los ojos de todos, ahogado en una playa al borde asiático de Europa.
Ya había ocurrido muchos años antes con el balserito Elián González: a los seis años salió de Cuba y, en el bote en el que huyó de su país, se hundieron su mamá y nueve personas, pero él flotó solo. Su foto fue una conmoción en 1999. Hoy es un muchacho de 23 años, líder en los Estados Unidos. Su foto está borrosa en la conmoción que casi siempre produce un niño desamparado.
Omayra Sánchez encarnó en 1985 la tragedia de 25 mil muertos en Armero: fue el fotógrafo Frank Fournier quien la miró a los ojos en su agonía y su propia conmoción la hizo sentir al mundo en la ineluctable muerte de una niña.
Como también hace 43 años la niña desnuda que huye con los brazos abiertos de la fumigación con Napalm es el ícono de la guerra de Vietnam: Phan Thi Kim Phúc sobrevivió a esa ignominia y es otra líder por lo que encarna. Su fotografía interpeló a la humanidad.
Y más reciente el niño Aldou fue escaneado dentro de una maleta cuando intentaba franquear con su familia africana la frontera en esta trashumancia de nuevo nomadismo. La foto del escáner le hace ver como un feto gigante en esa barriga que es la maleta. Remueve sentimientos en Europa, produce breves corrientes de malestar, pero sintoniza la empatía de sentir al otro como propio.
Josef Ramoneda, filósofo catalán de la comunicación, del Instituto de Investigación e Innovación de París, en El País de España describe el símbolo de Alan: “La acumulación informativa tiende a la banalidad, la proliferación de imágenes de la violencia y muerte en la pantalla acaba normalizando la brutalidad, educándonos en la indiferencia”. Y habla de esta foto del niño en la playa como relámpago que irrumpe en la monotonía.