EL UNIVERSO QUE MÁS VISIBLEmente se expandió este año fue el de la escritura y la lectura, en dimensión sólo proporcional a las pruebas que todos los países tuvieron, de primera mano, sobre el tamaño del cambio climático.
Pero mientras el primero —el de la escritura y la lectura como un impulso instantáneo— es un asunto en nuestras manos, con millones de nuevos lectores y escritores que han surgido alrededor de los nuevos medios, la huella del planeta parece anónima y patética: todos la hemos hecho con el mal uso de los recursos, pero ninguno siente que es completamente responsable.
El cierre de este 2010 está lleno de expresiones de la palabra escrita, que alcanzó a nuevos usuarios a través de medios inusitados y abrió otra era después de Gutenberg, todo un universo legible con una conexión extendida, al que falta dotar de contenido para que no sea sólo un sistema nervioso colectivo lleno de globitos pero vacío de un poder reflexivo común. Detrás de esta cruzada escrita emprendida por la tecnología, tal vez sin proponérselo, quedó desplazada la atención sobre la velocidad del deterioro ambiental, que no logró en ninguna cumbre climática cambiar la mentalidad estatal a escala global, por el inmediatismo que reina.
Es más clara la transformación que producen los dispositivos con los que la cultura, ahora con contenidos impensados, llega a generaciones de nuevos consumidores que ven en la facilidad del acceso una ausencia de filtros que antes imponían las bibliotecas, los teatros, los museos, los libros o los diarios. Los lectores electrónicos, el acceso a copias digitales de fabulosas cantidades de libros ahora de libre alcance, las galaxias de mensajes que viajaron por twitter, las aplicaciones de teléfonos móviles inteligentes, la multiplicación de salas de exhibición por medios electrónicos, hacen que la palabra con la imagen sean ahora más pródigas que nunca antes. Prueba adicional es la avalancha de revelaciones que en Wikileaks (espontáneo medio creado por otro genial Ciroperaloca de los que ha habido cosecha reciente) muestran una nueva historia universal de la infamia, abierta a los que quieran comprobar cómo espía la diplomacia en un mundo soterrado del que no se tenía noticia pública. Es pues un universo paralelo de palabras en su explosión inicial.
Inmejorable circunstancia esta actual para publicar lo que imagine cada ser tecnológico, adaptado a un mundo nómada que a la vez depende de los apegos sin los cuales no puede vivir. La búsqueda de a quién seguir y quién nos siga es una devoción particular, pero no se ha potenciado todavía la que puede ser una nueva literatura y filosofía, que incorpore el tejido creado por estos medios inmediatos. Falta una civilización afinada para el advenimiento de un ser escrito, nombrado, leído, reconocido, como no hubo en ninguna época anterior. Nos falta una más expandida conciencia del mundo que habitamos y una más propia de la vida que cada uno resuelve como su comprensión le dicta.
La barrera que derriba esta afluencia de medios y de mensajes que da lugar a la era del aprendizaje, es la de la condena a la ignorancia, a la desinformación, la de la centralización de los medios, la del control de las ideas, la de la falta de recursos para multiplicar lo que las palabras son capaces de guardar y de enviar. Este año puede haber comenzado una nueva era de lo escrito, aunque haya producido una ráfaga que ha tendido a dispersar tanta basura. Pero puede ser que esto ocurra mientras se aclaran las ideas.