EL CALENTAMIENTO GLOBAL ES PÁlido al lado del recalentamiento nacional.
Ya sabemos lo que pasa cuando se pierde la cabeza fría: vamos de la confusión al delirio como aquel chiste de la diferencia entre la desesperación y la locura. Frente a la demencia que parece contagiarnos en epidemia, recientes aires frescos han llegado de quien habían diagnosticado como paciente terminal: la prensa escrita.
Aire fresco que corre por cuenta de lo que sabe hacer lo escrito: entrar a saco en la realidad camuflada dentro de ese mundo de apariencias e intenciones en el que todos los días navegamos: la televisión o el Facebook, sus herramientas. En materia política los transformistas se empeñan en mantener una opinión pública adoctrinada en “la confianza inversionista” y “la seguridad democrática”, hipnotizados por una tropa de culebreros recalentados que sienten cumplir designios superiores. Desenmascarar este tenderete es tarea de discernimiento que corresponde a lo escrito.
Y por eso se defienden en Colombia algunos periódicos y revistas de la aplanadora dominante (la del mercado publicitario que quisiera abolirlos en su frivolidad antojadiza), cargada por costos apabullantes sumados a la tarea de elaborar un producto creativo legible a diario. Estos batalladores tienen que sortear el que las imprentas encarecen despiadadamente la fabricación de este alimento de las ideas, y la distribución quiere siempre ganársela de ojo: no producen nada pero determinan qué llega dónde y cuándo o qué no llega, al embolsillarse el 50% del recaudo de lo que paga el incierto lector por recibir en sus manos ese producto físico (y espiritual).
Pues bien, la crisis decretada por internet y su ubicuidad ha vuelto desueta aquella necesidad de trabajar para otros, impresores y distribuidores que han viajado hasta hoy en coche: no hacen nada más que prender su maquinaria y cobrar a costa del talento que suda. Ahora los aparatos que servirán de soporte a los periódicos harán prescindibles la impresión y la distribución. Comprenderán por fin qué tan difícil es la cosa para los devotos buscadores de lectores y qué tan cómoda para ellos.
El fresco corre al ver que a la prensa escrita le espera un cambio de piel, pero que seguirá invicta, en momentos cruciales como este donde ningún medio tanto como el escrito puede dar cuenta de la urgencia de apuntalar la cordura, el principio de realidad y el sistema inmunológico de una sociedad a la que la violencia y la corrupción le han minado sus sueños hasta dejarla así, arrodillada y resignada a tener este Pater familias en casa de descorregidos… Hay dos ejemplos recientes del poder de la prensa escrita, uno a favor y otro en contra.
El primero, el de El Tiempo que en una misma edición, en dos esquinas, publicó a José Obdulio Gaviria desplegado en su labor panfletaria de goeebels portátil y en la otra a Carlos Castillo en un análisis semiológico de las seis salidas en falso (la totalidad de las que lleva Obdulio) de columnista. Es una delicia poder cotejar aquella desigualdad ideológica en todo su esplendor.
La otra es la faena hecha por El Colombiano en Medellín que demuestra que al perro lo operan cuantas veces se necesite. La familia Gómez Martínez, que ha sido toda su vida de políticos, ha combinado esa ambición con la de periodistas en un malabar muy riesgoso que los traiciona cada vez que están en campaña electoral. Ya les había pasado en anteriores que “reorganizaban sus páginas de opinión” justo en esa época y “sacaban” (no cabe ningún otro verbo) a Héctor Abad Faciolince o a Alonso Salazar como columnistas por tener simpatías por candidatos distintos a los de esta rígida casa periodística. Ahora coronan la faena al sacar a Javier Darío Restrepo, y les sabrá a cacho porque la libertad de opinión es más inteligente de lo que ellos suponen. Un periódico es un ejercicio diario de libre pensamiento, o si no es una hoja parroquial.
La prensa escrita goza de cabal salud hoy cuando los nubarrones se ciernen en este recalentamiento nacional.