Tantas versiones de país contiene este territorio nacional que fue inédito el haberlo visto durante Semana Santa unificarse en uno solo que se abrió ante García Márquez, una muestra de lo que podríamos ser si no fuéramos tan aurelianos como somos
Entré en un retiro voluntario por el Pacífico, durante una semana, sin conexión virtual ni llamadas que se caen, llevando el rastro de su prolífica memoria desplegada como un mito en el que coincidió Colombia con el mundo entero en un hecho literario y humano. La muerte y resurrección de García Márquez. Sabor y olor suficientes para alimentarlos con esta naturaleza pródiga de la que abusamos como indignos dueños.
Y al salir, siete días después de este esplendor natural cercado de pobreza, olvido y sumisión en Buenaventura, Juanchaco, Ladrilleros, Guapi y Gorgona, reaparecen con la señal del teléfono los síntomas de que está otra vez patas arriba como estado natural de las cosas aquí.
El primer delirio es que dos papas son ahora santos. Francisco, el mediático actual, está empeñado en el mercadeo religioso y los milagros venden. Al lado de Juan XXIII, con su Concilio Vaticano, la gran apertura católica como gran obra, santifica a Juan Pablo II, al que le agradecen los Legionarios de Cristo, pederastas y católicos de dudosa ortografía.
Otro disparate. La insólita ministra de Medio Ambiente, Luz Elena Sarmiento, a la que le pareció que 20.000 chigüiros muertos en 45.000 hectáreas de sequía en el Vichada, eran asunto del ciclo del agua, ahora se espanta con 40 hipopótamos agresivos que se escapan en Puerto Triunfo y amenazan con reproducirse como peste. Ni en un caso ni en el otro sabe qué hacer, ni tampoco con especies en extinción como el lagarto azul de Gorgona, único en el mundo y parte de la enorme riqueza natural encomendada a su custodia, ella tan entrenada en licencias de explotación.
Y la política quieta. La campaña presidencial enfrascada en un mutismo de ideas. Entretenidos en Petro y los fieros desde La Habana, a la caza todos de deslices verbales, como caídos del zarzo.
Y diestros en empeorar como somos, a la salida del confinamiento elegido encuentro que la grieta abierta por la empresa de construcción CDO, del desplome de su edificio Space en octubre pasado, se regó como mancha. Obligaron a desalojar 377 apartamentos construidos y ocupados en Calasanz, al occidente de Medellín. Estas nuevas víctimas de la codicia de la firma dejaron sus cosas el fin de semana y tuvieron que albergarse en hoteles del centro, en cada cuarto hasta cuatro personas, sin sus mascotas, ellos que llevan seis años pagando a los bancos préstamos con los que compraron de contado su vivienda, y ahora los obligan a arrendar un apartamento módico de la talla del subsidio que les darán mientras “repotencian el edificio”. Dado su nivel económico, esta vez no habrá indemnización y esta maña de minimizar materiales y aumentar plusvalía servirá de prueba para que otros constructores, que sí son correctos, deban en adelante demostrar ante auditores estatales que no son estafadores.
Particular entre tanta diversidad este comportamiento común. Una escenografía inmerecida para una proliferación de ambición en la que estamos enfrascados. La falta de ilusión que no atiende portentos como el de García Márquez ni la de tantísima exuberancia natural.