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La vida de los otros

05 de marzo de 2009 - 11:00 p. m.

LA CATEGORÍA DE LOS OIDORES ha reaparecido con motivo de las ‘chuzadas’ a muchos de los molestos para el régimen.

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Resulta inimaginable el número que se necesita reclutar para formar el ejército de oidores que logre clasificar toda la información grabada por teléfonos celulares (multiplicar número de horas grabadas por número de horas oídas). Casi produce un vértigo como el del mapa del cuento de Borges del tamaño real del lugar que simboliza.

Para no oír llover sobre mojado quiero señalar que se ha ido imponiendo una sutil pero drástica vigilancia social proveniente de los medios tecnológicos que no dejan un minuto ciego donde la privacidad sea posible. Cuentan del sistema GSM sus conocedores, que es capaz de rastrear conversaciones incluso estando apagado el aparato: entonces, ¿dónde quedará archivada esa infinita suma de minutos grabados que producen cada segundo en el mundo los ahora 4.100 millones de usuarios de teléfonos móviles de 2009? Kafka no podría imaginar un ministerio que se encargara de aquella ingente cantidad de información. Y el galimatías que forma. Ni Orwell ni el Gran Hermano podrían reconocer los diminutos métodos de escucha y de registro en ascensores, baños, cementerios y cuanto recinto existe. Es pues en este horrible tiempo presente, grabado en tiempo real, en el que estamos en constante exposición de ser oídos, encontrados, registrados.

Pero esta omnipresencia no es la única expresión de este nuevo terror al vacío o al silencio que nos ha hecho poblar de timbres y señales cada instante de nuestro día… Adviértase que seguro debe estar inventada ya alguna conexión para el sueño, de modo que allí tampoco podamos lograr remontarnos mucho… No nos resulta suficiente asfixia la constante presencia de teléfonos, cámaras, imágenes y sonido portátiles que son como un otro yo omnisciente que nos vigila sin tregua. Hay que sumarle también las derivaciones de esta renuncia a la vida privada que optamos en el facebook o en sus imitaciones que obliga a que se haga público todo cuanto tenía interés particular sólo para los implicados.

Por sus infinitos cruces transitan los ojos y los oídos ansiosos de los nuevos espías de la vida privada que a la postre hemos llegado a ser, como un ciudadano virtual armado de contraseñas, copado por lo íntimo ajeno que requiere cada vez menos encuentros físicos y cada vez más hallazgos virtuales de toda índole. Desde la expulsión laboral de una mujer que escribió en su “pared” que estaba aburrida en su trabajo, hasta el chantaje de la intimidad grabada y revelada como revancha por un amante herido. Cuántos alcanzan a ser los ojos, oídos y las obsesiones en crecimiento exponencial de esta época en la que nada vale nada si no se publica. En este territorio ambiguo, privado-público inventado para vivir inmersos en la vida de los otros, para usar el gran título de la película alemana.

Cabe medir la deformación que la sociedad de la hiperpresencia consigue en cada sujeto a través de esta vigilancia cuerpo a cuerpo asumida voluntariamente y que implica una apretada red de patrones de comportamiento, autoimpuesta por esta comunidad artificial de “conocidos” que consumen privacidad como adictos.

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