Un traído. Así dijo un actor a otro sobre la moto que parqueó alguien frente al set de grabación.
Víctor Gaviria, quien desde adolescente tiene el oído afinado para las palabras, comprendió al rompe cómo se ven las cosas del otro lado, en el que nada se tiene y todo se ambiciona.
Él, que entra al arte por la cámara de cine de la casa con la que registraba asuntos familiares, y después con su ojo descubre a quien tiene en frente, sabe qué piensa y qué siente por dentro, ha descrito y penetrado a una generación que se sucede desde hace treinta años, donde el riesgo se reinventa todos los días y cada pérdida y dolor supera al anterior.
Pero Víctor Gaviria mira al comienzo por la ventana de costado, que es la psicología, y se va haciendo a él mismo con la poesía que ha sido su cultivo fértil y constante, hasta llegar al cine como arte dúctil que lo deja ser testigo de la época en la que nació y en la Medellín brutal, donde ha vivido toda su vida. Aquí recibió sugerencias del mayor devoto del cine, crítico universal y local, el gran Luis Alberto Álvarez, quien supo ver el talento de Víctor antes de Rodrigo D., de La vendedora de rosas, de Sumas y restas y de los premios que vendrían después, que tendrían a Luis Alberto tan sin cuidado como a Víctor mismo.
Entrenando en todos sus sentidos, en todos los planos, teniendo el tino para conseguir personas genuinas que encarnan en los personajes su propia vida y hacen en conjunto casi en una sinfónica cada guión a partir de un neo-neorrealismo con actores naturales que luego de Víctor han destellado en el cielo atiborrado del cine.
Así como en la historia doliente de La vendedora de rosas, que se convirtió en tragedia personal de Leidy Tabares, ahora en la cárcel tras haber estado en Cannes como una aparición descalza, Víctor ha tenido que encarar adentrándose en este mundo desleído donde el riesgo es estimulante y no hay límite moral. Al principio durante una escogencia de actores en un apartamento, él pidió al Zarco y a cinco más que se sentaran, pero les resultaba imposible porque estaban siempre de pie, listos para la fuga.
De su filmografía con sólo leer sus títulos: Sueño sobre un mantel vacío, El vagón rojo, Los habitantes de la noche, Primavera sobre José Asunción Silva, La vieja guardia, Buscando tréboles, Que pase el aserrador, El tren de las niñas, Los músicos, y las reconocidas, junto a los títulos de sus libros de poemas y cuentos, se sigue el itinerario de la búsqueda de Víctor en el material humano diverso y desamparado, búsqueda hecha sin concesiones ni lástima, como un aguzado investigador de campo que tiene en el lenguaje su instrumento.
Sobre el cine ha construido hace 12 años un Festival que reúne en torno a temas, en el pueblo colonial de Santafé de Antioquia, a peregrinos que no van en busca de alfombra roja, sino de la identidad que este director sabe descubrir en películas alejadas del circuito comercial y otras olvidadas.
Y ahora, en estos días, él se ha ido a Soacha en Cundinamarca, donde despunta la misma realidad que Víctor vio en los años 80 en Rodrigo D., no futuro, para encontrar tanto talento confundido entre la plata y el plomo, en muchachos a los que lleva a descubrirse a través del cine. Él sabe como nadie cómo transforma el arte porque se ha hecho a pulso, día por día, buscándose con la linterna que le ha prestado el arte, por el que ya le reconocen en el exterior. Pero a él le interesa más el interior. El suyo y el de los otros.