El 2014 fue distinto por el proceso de diálogo con la guerrilla, que se profundizó como ningún intento anterior.
Conseguimos concentrarnos en este propósito común a pesar de la veleidad de Juan Manuel Santos, que gobierna como si estuviera detrás de una vitrina. Y a pesar de Álvaro Uribe Vélez, que desvaría desde el púlpito del Senado para enervar a las huestes y petardear de frente y por detrás el intento de reconciliación que lo dejaría sin bandera. Y, en especial, este proceso ha llegado hasta aquí a pesar de los medios de comunicación que tienen el interés de crecer la audiencia a costa de lo que sea, con el minucioso registro de hechos violentos inconexos vestidos de lentejuelas de farándula, con los que a diario alimentan la desesperanza.
De agradecer es, en cambio, el que exista alguien serio y consagrado a la tarea como Humberto de la Calle, que le ha puesto el hombro y la cabeza a este pendiente fundamental, para que no puedan desmontar el proceso guerreristas y pusilánimes con ataques y contrapeso a la búsqueda de la reconciliación nacional.
Y es tremendo lo que está pendiente. El registro de lo que ha dejado el conflicto interno más viejo en este continente basta y sobra para justificar el que no haya aplazamiento posible en la tarea de reconstruir lo que la violencia ha roto.
La cifra habla: son 6 millones 800 mil víctimas que han alcanzado los 30 años de guerra interna. O sea, de los 48 millones 321 mil 405 colombianos, un 12,7% ha sido afectado. Como desplazados un 86% y el resto, desaparecidos, secuestrados o reclutados a la fuerza, según contó a final de 2014 la propia Unidad de Atención y Reparación de Víctimas del Estado. Que de estos seis millones ochocientos mil víctimas, la mitad ha sufrido los ataques de la guerrilla, la otra mitad de los paramilitares y menos de 30 mil, daños de la Fuerza Pública. Y más de dos millones de ellas son menores de edad. Esto es motivo suficiente para hacer obligatorio el saldar esta deuda pendiente.
En este nuevo año el propósito es encarar el descuaderne del que nadie puede excluirse. La violencia es una enfermedad endémica, el atajo es un método, es la clave de la carencia que nos impide salir del atolladero, eso hay que reconocerlo. Se ha alimentado de acciones y omisiones. Se ha vuelto rancia y sólida a punta de indiferencia y acostumbramiento. Es la herida que tiene por dentro el espíritu nacional que está hecho de desconfianza. Al cabo de décadas de estigmatizar al otro, de verlo como un sobrante, la violencia la ejercemos en gestos cotidianos como un arma automática. Este empantanamiento de la pugna constante solo se conjura con el envión de la mayoría que ya está hastiada y que la configuran las propias víctimas, que se han manifestado aptas para la reconciliación, junto con una nueva generación que no ha sido envenenada por vengadores y venganzas que son ineptos para salirse de la ofensa.
A esta renovación invoca el comienzo de cada año. Ayuda la noción del desperdicio de vidas, oportunidades y bienes en este inútil enfrentamiento interno. Acudir ahora o nunca para darle a este año el brío de abrir un espacio para de a pocos, con reservas, como corresponde a tanta herida, poder comenzar a reconstruirnos. Reconocer que aunque algunos se han lucrado de la guerra colombiana y la alientan, en realidad todos hemos perdido en ella.