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Los mortales guasones

09 de agosto de 2012 - 06:49 p. m.

La figura de ese muchacho con mirada perdida, ojos desorbitados, pelo teñido de naranja como el Guasón, que oye desde una realidad paralela la lista de 142 cargos que le leen, flota en su nebulosa interior, y sólo dos frases desliza aquel día tras su incursión escalofriante en el estreno de la última película de Batman, en Aurora, Colorado, Estados Unidos, matando a 12 personas y dejando heridas a 58, la mayoría menores de edad.

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Una frase a un guardia: ¿Usted vio la película? ¿En qué termina? La otra, que él no recordaba nada. Entre tanto, un círculo de adultos siente responsabilidad por lo ocurrido. El acceso libre a las armas, con manifiesta culpabilidad de la tienda que envió por correo el pedido a James Holmes, el sindicado de la masacre, quien hasta abril de este año era estudiante de doctorado en neurociencias en la escuela de medicina de la Universidad de Colorado y expulsado por bajo rendimiento. Sus papás, que viven en California, reciben desconcertados las imágenes de su hijo, quien en su apartamento tiene un cargamento de explosivos y armas. El público constata perplejo en el metro, en las vitrinas, la noticia en vivo, la imagen inconcebible de aquel ser proveniente de un juego macabro, alguien desconectado y sin responsabilidad por lo hecho.

Las sacudidas a las que la sociedad está habituándose de parte de los jóvenes, tanto en otros países como en Colombia, obedecen a que juegan a la violencia, al suicidio, al asesinato, como si de una apuesta de roles se tratara, y han creado un amplio y tétrico registro de finales fatales. Colmenares es dejado muerto en un caño disfrazado de diablo en una noche de Halloween con amigos. El muchacho que, con su pinta de baterista de rock y pelo largo fue, sólo por eso, arrojado por el ducto de un ascensor. El estudiante de bachillerato que saturado de matoneo se lanzó por la ventana en las Torres del Parque en Bogotá. El estudiante universitario que en una juerga terminó muerto en el jardín de un edificio al caer desde una ventana. El novio que mató a su novia y la escondió debajo de la cama, porque ella pensaba dejarlo. La pareja de novios que en Medellín se suicidó desde lo alto de un puente, ante la desesperada persecución del papá por salvarlos. Y el grafitero muerto, y Rosa, la muchacha vejada en el parque y así, los centenares de casos registrados en los que Colombia reconoce que entre la edad de 18 a 34 años está la zona mortal en la que reinan la inconformidad, el ímpetu de identificación y la incapacidad para aceptar frustraciones, contraponiéndose a la idealización y sobredimensión que la publicidad hace de ellos cotidianamente.

María Paulina Ortiz, periodista de El Tiempo, entrevistó (3/8/2012) sobre el tema de la violencia juvenil al psiquiatra Alfonso Rodríguez y a la antropóloga Miriam Jimeno. El primero señala que “hay una promesa no cumplida, incluso mentirosa… que es el famoso proyecto de vida. Se les pide desde niños que tengan claro para dónde van y se descuida lo importante: la trayectoria; que hagan conciencia de las formas en que pueden estar con otros, convivir”.

Lo que fabrica esta sociedad es un contingente de personas fogueadas en obtener lo que sea a cualquier costo, e intolerante a toda frustración… Qué se espera como resultado, pues. Unos muchachos que reemplazan toda palabra y todo pensamiento por acción, por demostración, por obsesión de salirse con la suya, creyéndose dueños de la vida propia y de la de los otros. Unos mortales exterminadores en pleno desvarío, como el terrorífico ente disfrazado de inocente: el Guasón.

 

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