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Navidades y oscuridades

18 de diciembre de 2014 - 11:00 p. m.

En estos días de trajín y aturdimiento, de explosiones que hunden a los vecinos en un único espíritu decembrino de bulla y alegría obligadas, la saturación de colores, luces y ruido allana la sensación que cada quien trae de lo que ha sido su año y distrae lo que almacena como conquista o pérdida en 12 meses transcurridos.

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Es ahora cuando la barahúnda reinante confunde y vuelve la época más susceptible a las pérdidas, a las carencias y al dolor, en el paquete en el que envolvemos tanto lo que tenemos como lo que padecemos.

En estos mismos días coincidieron tres suicidios y un accidente de mujeres en Medellín que cayeron de pisos altos, una de ellas de 87 años que ponía luces en su balcón… Aquel abrupto final en medio de las familias que buscan reunirse para enmendar las ausencias del año, llega, como desenlace fatal, a ser una protesta dramática contra la comparsa y el carnaval navideños. Duelen estas muertes, así no sean cercanas, por crueles, intempestivas y aguafiestas.

Mientras tanto, un noticiero de la noche, al lado del árbol de Navidad y del gorro de Papá Noel, entre noticias escabrosas, lanzó un testimonio estremecedor: a Alicia de la Calle, colombiana que vive en Miami, un cáncer terminal la hace tomar la determinación de buscar su muerte asistida en Medellín, donde nació. Ella habla estoica de la muerte que es igual para todos, pero la envalentona el miedo al dolor que ha presenciado en sus parientes e invoca al poeta (Neruda, o Nervo, dice) “vida nada te debo; vida estamos en paz”: su voz apacible es contrapunto a la parranda colectiva, sorda a los ecos de la muerte.

El dolor queda desnudo ante el jolgorio reinante. Esta mujer dispuesta a morir a pesar del lamento de sus hijos, pero convencida de ser la dueña del final de sus días. Aquellas otras que murieron, no se sabe cuál límite traspasaron en diciembre para acabar con su vida y por ahí derecho con la fiesta a su alrededor. El accidente macabro de quien instala feliz las luces y resbala, son oscuridades que en Navidad resultan más vistosas.

La vida y la muerte se emparentan en esta época que celebra un rito de paso colectivo. La representación católica del pesebre y del nacimiento tiene antecedentes lejanos en otras culturas. Celebrar el solsticio de invierno en la noche más larga del año, del 24 al 25 de diciembre, cuando el sol aparece el mínimo de horas hasta el 6 de enero marca para los celtas, los griegos, los vedas, los germanos y hasta los bárbaros esta época de comunicación entre los vivos y los muertos: el sol que muere y la vida que renace invicta. Religiosa y pagana a la vez, esta fiesta es la necesidad de renovarse que la naturaleza impone con el invierno al final del ciclo de 365 días de traslación de la Tierra alrededor del Sol. Envuelto en disfraces y símbolos este acontecimiento nos convoca para correr a decirles a los que queremos que aquí estamos y que agradecemos estar vivos.

La Navidad, que es ambigua porque reúne encuentros y pérdidas, queda fija en el recuerdo asustado de cuando era niña y en el campo llegaban con un muerto al que lloraban entre velas gritando: “se murió Raqueto, lo vamos a enterrar”. No entendía yo que el muñeco no estaba muerto ni que el año se iba a acabar. Pero sabía que entre la época de los “traídos”, este “llevado” mostraba el luto al final de la fiesta, y que no todo es brillante como lo pintan.

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