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“No busquen detrás…”

24 de septiembre de 2009 - 11:15 p. m.

HA PASADO POR AQUÍ LA EXPOSIción más concreta de Andy Warhol, que estuvo abierta por tres meses en esa construcción limpia que es el centro de arte Luis Ángel Arango.

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A este artista norteamericano que encarnó como ninguno el “american way of life” lo han estigmatizado como un superficial porque hizo de su vida su obra (no es el único, porque también eso podría decirse del extraordinario Truman Capote, por ejemplo) sino porque se ideó aquella frase lapidaria de que todos tenemos nuestro cuarto de hora de fama. Se simplificó después en el cuarto de hora o no es su cuarto de hora para referirse al estado vital que atraviesa alguien.

Esto del cuarto de hora es una verdad acuñada que se ha creado y reafirmado con los medios de comunicación como testigos presenciales y jueces, al parecer únicos y supremos, de la condición humana que para resumirla en un término ya ultraconocido es “la pobre humanidad agobiada y doliente”. Esta humanidad es la que retrata Andy Warhol a través de los medios de comunicación y de su capacidad de seleccionar a unas personas y a un modo de ver las cosas privilegiándolo y dejando en el silencio absoluto a todo aquello otro que dejan morir al oscuro, sin el resplandor de sus flashes.

Y en esto consiste, creo, la enorme profundidad y utilidad de un ser como Warhol, quien fue capaz de hablarles a los medios y a la publicidad en su propio lenguaje, cantarles unas verdades aunque el público sólo leyera en él a un exhibicionista en trance de mostrar su condición gay y de ser reconocido en medio de tantas prohibiciones e incomprensiones. La obra de Warhol adquiere con el tiempo todo el carácter etnográfico que tiene: aquel que retrata una época, el que es capaz de caricaturizar algo que, por cotidiano, ya no distinguimos del paisaje, y por allí derecho distinguir su triste ironía, la que revela a un hombre que se rebela contra la facilidad de todo aquello que promete un mundo mejor y entrega un mundo mucho pero mucho peor.

La inmediata asociación de ideas de Warhol es su serigrafía imborrable de Marilyn Monroe, colorida de todas las maneras imaginables como subyace en el inconsciente colectivo, o la Jacqueline Kennedy del último día de esposa de ese otro ícono que fue John, o la sopa Campbell’s que está ligada a la mentalidad de generaciones de niños americanos que crecieron con su iconografía así como aquí para nosotros puede ser el cuáquero de la avena tal o la tipografía de la harina de maíz tal y pascual… Es pues alguien que rebuja en ese nudo de hilos que son los recuerdos colectivos y saca de allí claridades a la luz.

Todo esto salía al lado de Mao vuelto una imagen publicitaria, o de un accidente automovilístico vuelto historia colectiva al dejar de ser un simple recorte de prensa. Eso que, brillante ella, hace muchos años en Colombia Beatriz González (nuestra imprescindible), lo hace Andy Warhol como una disciplinada formación que resulta en él explosiva y vanguardista de semiólogo, de lector de señales, pero sin términos estrambóticos, sino sólo de artista que señala con todos los colores nuestra mentalidad de marcas, de señales, de lecturas.

En esta exposición se nota la mano del curador (ese que puso en un orden comprensible toda aquella obra) y que se llama Philip Larratt-Smith, que permite al salir tener todo un sabor de Andy Warhol y rematar con su autorretrato que dice: “No busquen nada detrás de mi obra, mi obra soy yo mismo”.

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