PARA SOBREAGUAR TANTOS HECHOS reiterativos, desesperanzadores o escabrosos, el consumidor de información necesita desarrollar un instinto de coleccionista de rarezas para descubrir y perseguir acontecimientos que se salen del túnel que se camina agachado día tras día con agua turbia cayendo encima sin tregua. Un airecito, pues, viene bien. Aquí van estos dos que ocurrieron en una semana, en el desolado país que habitamos.
Francisco Piedrahíta es un personaje como lo sueña un cronista. Como el náufrago de García Márquez del que extrajo su relato. Rector de universidad prestigiosa, el ICESI en Cali, no se le ocurrió otro destino que acrecentar su colección de fotografías de aves exóticas, sobre las cinco mil, con la más apetecida, la del macho del pato de madera que habita el Misisipi. Francisco se adentró en Luisiana en una reserva natural con un mapa, su cámara, sombrero, camisa y pantalón cómodo, sin un cuchillo, sin provisiones, sin insecticida y sin celular, al que dejó bien guardado en el hotel pensando que sería un paseo corto. Así se lo dijo al taxista al despedirse después del almuerzo: “espéreme aquí dos horas mientras tomo unas imágenes”. Y le llegó la confusión. Entró por el camino del pato, perdió el rastro, encontró unos pantanos que no esperaba y llegó la noche con los mosquitos como una nube que le cayó encima. Decidió cada minuto cómo preservaría la hidratación que iba siendo cada vez menor y consiguió estirar la probabilidad de no caer en el delirio.
Lo asombroso de este personaje de 65 años, alejado de toda afición típica de un hombre con su estatus de reconocido dirigente privado, es la capacidad para vivir esta inusitada aventura sin caer en el pánico que él señaló luego de poder aguantar sin ver a nadie esos minutos y esas horas y esos días. Esto lo hizo capaz de preservar la calma cinco noches, hasta ser salvado por una gran armada que lo buscaba entre el bosque, debido al disparo del flash de su cámara que atrajo a uno de los tres helicópteros que rondaban. Ni cocodrilos, ni serpientes ni feroces tábanos rodearon al admirable rector Piedrahíta, tanto como su propia consistencia mental de hacer notas en papelitos, quedarse quieto para no malgastar energía y guardar el destello de luz. Le estamos agradecidos de hacernos pensar en otra cosa y encontrar a un superviviente que se merece una vida intensa.
Otra rareza corre por cuenta de un personaje que será objeto de estudio en los laboratorios de la fama; esos en los que el mercadeo extrae cualquier esencia vendible, pero que éste sorpresivamente rompe con el apretado papel que le han puesto a representar. Y se libera. Juanes es capaz de hacer lo que no pudo Michael Jackson cuando su gerente le impuso un número de conciertos superior a su capacidad al celebrar sus 50 años. Y pereció. Este colombiano local y global opta por decir que necesita parar, estar con los suyos y meditar sobre su música; para no seguir haciendo lo que Fernán Martínez, su gerente, dicta. Tras 10 años de estar sacándole provecho a su talento, disimula su despido diciendo que Juanes sufre una depresión. Da un fresco saber que a sus 38 años no se dejó esclavizar por él y que puede escoger solo lo que quiere cantar. Otra rareza.