Este delirante comienzo de 2012 anuncia un carnaval de disparates.
El naufragio de un crucero es causado por un capitán veleidoso que se acerca demasiado a la orilla; un campesino avezado en la radiestesia lleva a la opinión a rasgarse las vestiduras por haber sido contratado para evitar la lluvia en algunos eventos públicos; una batalla virtual se desata entre Estados reguladores, héroes libertarios y piratas, enfrascados todos en la lucha por ese botín de guerra que es internet.
El Costa Concordia, las nubes y los péndulos, o el Megaupload (Alí Babá y los 40 ladrones con su cueva de contenidos expropiados disponibles para bajar) son un comienzo resbaladizo de enero. En su volatilidad, los medios se aferran a seguir la estela del crucero encallado; al gurú que no es gurú, que es solo Jorge Elías González, que salió de Dolores, Tolima, a Copenhague llevado por un festival de teatro callejero; y también las airadas protestas contra la censura en internet por parte de Wikipedia, Google, Facebook, los nuevos supraestados, que dominan el espacio virtual, cada uno por su cuenta.
Los “seguidores” (nuevo atributo creado por Twitter) buscan señales que les indiquen el curso de las cosas, alineaciones o vaticinios, e incluso el cambio del conejo al dragón en el horóscopo chino. En el fondo, a todos urge encontrar a quién creerle. La desconfianza cunde en estos tiempos de intenciones e intereses torcidos donde sólo buscamos salvar el pellejo sin arriesgar una pizca de generosidad ni para muestra. Así, es improbable que el vuelco de mentalidad anunciado vaya a darse en los próximos dos semestres del 2012.
Pero como la desesperanza no es fruto para cultivar, recojo en el camino tres nombres que son la antítesis a tanto antagonista. Personajes valientes. Esa cualidad rara que, como decía Juan Gabriel Vásquez en una columna, fue la que pidió a gritos el caso del capitán que abandonó a pasajeros y a marineros a su suerte, después de haber volcado la nave.
Los tres valientes que propongo son colombianos y su valor ha salido a flote hace poco.
Piedad Bonnett. Poeta de dimensión reconocida. Hemos podido entrar un poco más hasta su interior por obra de su libro Explicaciones no pedidas. Ella anticipa con sutil profundidad, la tragedia que se avecinaba al día siguiente de conocer su premio Casa de Américas: el suicidio de Daniel, su entrañable hijo. La entereza con la que ella escribe el dolor y con la que cuenta que ahora reconstruye el testimonio; y que lo hace porque cree que un intelectual tiene que ser más libre que los demás para hablar de los temas que la sociedad veta: el suicidio, las enfermedades mentales, el lado oscuro de los seres. Esta mujer entrega su valor.
Alonso Salazar. Un hombre honrado, juicioso y valiente. Un escritor que se metió a torear una plaza brava como Medellín y fue capaz de ser alcalde encarando a los armados que han hecho negocios y sede aquí. Sustentó su gobernabilidad en la inversión social y trató de equilibrar en mucho las desigualdades existentes. Tuvo enemigos políticos que quisieron enredarlo, pero tuvo valor para saberse estar.
Beatriz González. Se sabe que a ella Colombia le debe la coherencia con la que ha plasmado la infamia, como testigo de primera mano. Su talento es un patrimonio nacional. La exposición retrospectiva de 50 años de vida y obra, en el Museo de Arte Moderno de Medellín, demuestra lo que puede hacer su sensibilidad.
Tres artistas coherentes, valientes. En este enero resbaladizo, agradecerles lo que han hecho.