Está claro que la primera vuelta existe para dar un voto por convicción y la segunda descarta una opción indeseable.
Pero con los resultados electorales del 60 por ciento de abstención en Colombia, este es el asunto crucial ahora.
El domingo de elecciones el triunfo apabullante de los no votantes fue el más alto de los últimos años, sólo por debajo de la elección de Ernesto Samper. En las cortas dos semanas que siguen es imperativo sintonizar la convicción de un electorado que se siente marginado, subestimado, hastiado, engañado o indolente frente a su capacidad de movilización y legitimación.
Abstencionistas que no se reconocen como ciudadanía participante y que por eso no pueden ser activos para impedir que cada vez con menos votos se elijan políticos que consideran inicuos, pero a los que no califican, no desautorizan, no les dicen que no pueden pasar por encima y no les impiden tirar para atrás los pequeños avances que se han hecho en cuanto a conciliación, acuerdos o nuevos pactos sociales.
En los países donde se han padecido dictaduras se calibra mejor el valor de una elección, pero aquí el mecánico acto electoral, rodeado de peladas de cobre, hace que los abstencionistas puedan sentirse tranquilos como mayoría, creyéndose ideólogos de la línea de sentarse a esperar que los sorprenda una transformación social, que llegue como una aparición mientras se quedan quietos en base. Ellos, ante la duda, se abstienen.
Pero sí hubo tercerías en la primera vuelta para escoger y su peso específico fue tal que obtuvieron sumadas un resultado mayor que los dos que pasaron a la segunda vuelta. Y tampoco votaron por ellas. Tal vez en este paréntesis, en medio de muchos cambios de parecer, los cautive la ponderación de una mujer como Clara López, que podría ser presidenta emérita de una Colombia desbordada y ser consejera de los diálogos de paz para que los conduzca al estado reposado, reflexivo, que invoca cada vez que abre la boca. Ojalá no salga incomprendida por la oposición que encarna con legitimidad.
En la elección de segunda vuelta son los abstencionistas los que de veras van a elegir. Los que decidan por fin participar y desistan de votar en blanco, porque éste no anula la votación ni aún en el remoto caso de que llegue a ser superior a las dos opciones presidenciales. Estos indecisos y abstencionistas que voten ahora deciden el resultado si modifican la indiferencia sin miedo, coerción, compra ni cambalache.
Los que se abstienen para no equivocarse y poder criticar necesitan convencerse de su poder antes de que les quede abolida la posibilidad misma de abstenerse, cuando se supriman las elecciones. Que esta vez sí les resulte palpable la decisión colectiva de demostrar una ciudadanía activa para que no nos expropien ese derecho los caciques y barones que se alistan con todo para recuperar el poder perdido.
Se anuncia un ímpetu dictatorial de imponerse a pesar de todo y contra todo. Movilizan el analfabetismo político sediento de autoritarismo, que puede llegar a quitar la opción indispensable de participar, contarnos y decidir no dejar un espacio en blanco que llenen según les convenga.
Sin miedo a equivocarnos, con la convicción de expresar una opinión propia e impedir que nos arrebaten la posibilidad de ejercer como ciudadanos, a alguno de los que se abstuvo el 25 buscaré convencer de votar el 15. Así sea por el otro, pero que (sí) vote.