Quién iba a pronosticar la grieta que se abrió en 2011, o el movimiento que surgió. Un pensamiento y un deseo nuevos se hacen oír entre la algarabía: es una generación que comienza a hacerse parte, a nombrarse.
La discusión se va abriendo. Usa medios inéditos y está creándose un espacio. Los estudiantes cumplieron su papel con manifestaciones que los hicieron reconocibles ante la sociedad colombiana, pero más extenso aún se ha despertado el interés colectivo en un tema que antes estuvo apolillado, acaparado por defensivos “docentes” que lo volvieron gremialista, con pura jerga excluyente. Es algo que nos compete a todos: ahora está en ebullición el debate sobre la educación, lo que es y lo que puede ser. Tal vez ese es el único fruto de este año aguado y trágico.
Parecía un tema del porvenir y no del presente para un país que sólo atiende las urgencias de último minuto. Contundentes acontecimientos impusieron, ante los oídos y los ojos de miles de muchachos ocupados en distraerse, atender un llamado. Algo como “y qué sigue con nosotros”. No se trata del manido empleo, único propósito de tanta preparación funcional, sino, sobre todo, de despertar la capacidad reflexiva, atrofiada por el desuso. Ha habido un despliegue de atención al tema de la educación que revela el tamaño de su aplazo. Papás, hijos, profesores, colegios, universidades, reconocen una tarea pendiente, la de preguntarse cuánto de lo que nos pasa nace en la casa y en el aula. Cómo puede cambiarse esta educación que privilegia la trampa con tal de ganar. Que diluye el sentido a cambio de fórmulas.
La notoriedad que adquirió la carta de renuncia a la Javeriana del profesor Camilo Jiménez, con foros y muros, trinos y centellas, rebasó los límites colombianos y se volvió una discusión continental. Es fiebre contagiosa que está dando punto para que la opinión pública, a través de medios de comunicación que no estén aturdidos en agendas autistas y organizaciones sociales que puedan llamar al Estado a abrirse, no dilapide esta oportunidad única. Aprovechar el caudal de medios sociales para hacer resonancias y lograr multiplicar lo que antes sólo interesaba a académicos que revisaban reformas educativas extranjeras o descubrían escuelas originales.
Ahora parece una reacción en cadena. Es un desafío comunicacional para esta era de simultaneidades, el de producir una campaña que no deje ciudadanos por fuera de la pregunta “¿Y qué sigue?”. Un plebiscito que desentrañe en la educación (la familiar, la formal, la informal, la mediática, la informática, la subliminal) el componente del malestar que vivimos, el ingrediente cotidiano de la furia o la abulia. Una manera de barajar y volver a dar, para cifrar en el horizonte educativo al que apuntemos, lo que no hemos podido ser: un país que reflexione, que reconozca, que imagine. Proponer un mejor uso para ese borbotón de opiniones escritas que saltan en todas las ventanas de la tecnología, un minuto de silencio para poner por escrito qué es lo que no podemos dejar por fuera. Y repensar una mejor educación como un asunto impostergable.