Todos tenemos un poco de Gabo en nuestras vidas.
Todos de una manera u otra nos sentimos unidos a él. Unos por la amistad, otros por una mano que estrecharon, otros porque lo vieron, pero especialmente todos somos parte de él por sus libros y su gran imaginación, al poder plasmar en palabras una realidad y contar lo que es parte de nuestro país.
Y es que Colombia es Macondo, un país pintado en esos Cien años de Soledad. Una Colombia a veces olvidada por sus gobernantes y sus instituciones y otra Colombia violenta por sus diferencias, y otra desigual y con grandes deudas sociales, especialmente en el campo. Pero igualmente nos llevó a soñar en una Colombia mágica, justa y en paz que todos anhelamos.
Gabo es colombiano, es mexicano, pero ante todo es universal, y escribió para dar un poco de sí, y a su vez entregar una visión de un mundo con el que muchos se identificaron. Fue el gran canciller colombiano, pues la cultura no tiene fronteras, y abría puertas; fue amigo de los poderosos de una orilla y de otra. Le cuestionaban, así, su amistad con Fidel Castro y su simpatía por la revolución, pero igualmente interesaba por su cercanía con los Clinton o con Miterrand o con los distintos presidentes y personalidades de Iberoamérica. Gabo atraía y acercaba polos e ideologías que la diplomacia no podía lograr.
Igualmente, Gabo era del pueblo; muchos veían en él a uno de los suyos, uno que había triunfado gracias a su trabajo y su genio y era un modelo para muchos. La música, el vallenato, la parranda, el cine y su gran conversación e interés por el mundo como periodista lo acercaban a todos los círculos.
Gabo siempre estará vivo y será parte de todos los colombianos y su legado para el mundo será su obra , la escuela de periodismo, el cine y la identidad colombiana.