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Inteligencia y diplomacia

14 de enero de 2009 - 07:22 p. m.

AL COMENZAR EL AÑO LA ATENCIÓN del mundo está puesta en Estados Unidos y en el cambio de gobierno. Se espera en efecto mucho del presidente Barack Obama en el campo económico y en el de las relaciones internacionales.

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Después de ocho años de un gobierno conservador que basó sus relaciones en esta ideología y que hizo de Estados Unidos, gracias a su presidente, uno de los países más odiados y más cuestionados por sus intervenciones y sus guerras, llega un gobierno más abierto al diálogo y menos prepotente, tal y como se indica hasta ahora.

Con la casi segura ratificación en el Senado norteamericano de Hillary Clinton como Secretaria de Estado y la reunión entre el Presidente electo y el Presidente de México no sólo se abre un nuevo capítulo en las relaciones del mundo con Estados Unidos, sino en las de América Latina. La nueva “canciller” en su intervención ante el Comité de Asuntos Exteriores ha dicho que “Estados Unidos no puede resolver por sí solo los problemas del mundo y el mundo no puede resolverlos sin Estados Unidos”, en la búsqueda de una política más “pragmática”, e invitó a un mayor diálogo y cooperación con otros países. Habló de la necesidad de una diplomacia inteligente que tenga más aliados que enemigos y que permita ejercer el liderazgo ante los problemas del mundo: esto es la diplomacia a la vanguardia de la política exterior.

Estos dos pilares —inteligencia y diplomacia—, de los que ya hizo ella misma alarde en la audiencia de confirmación, serán utilizados para mejorar las relaciones con China y Rusia, para afrontar la construcción de armas nucleares en Irán y Siria, para manejar el conflicto Israel-palestino (sobre el que manifestó la necesidad de preservar la seguridad de Israel, pero mirar las legítimas aspiraciones de los palestinos) y, en general, para atender los numerosos problemas económicos, energéticos y ambientales con el resto del mundo.

En este escenario deben mejorar las relaciones con América Latina; de hecho, la primera reunión del Presidente electo fue con un país latinoamericano, México. Sin embargo, no parecen muy prometedoras las relaciones con nuestro país: Uribe estuvo en Washington para recibir una condecoración de Bush —un premio por su lealtad y por ser el mejor aliado en la región—, pero no pinta nada bien que no haya podido entrevistarse con Obama ni con nadie de la entrante administración.

No hay que perder de vista que durante la campaña fueron numerosas las críticas contra Colombia, no sólo de Obama, sino también de la señora Clinton en el tema de la violación de los derechos humanos y el TLC. A estos hechos se les suma las confrontaciones Bush-Obama y la de republicanos y demócratas, en las cuales Colombia ha estado en el medio.

Con este panorama es evidente que hay que aprovechar los nuevos aires del entrante gobierno para conservar el posicionamiento que tenemos de aliados más confiables y más leales en la región para Estados Unidos. Pero aquí también se necesitará mucha inteligencia y diplomacia para acercarnos en la forma correcta, pues sin duda hemos venido apoyando decisiones de un gobierno que ha dejado de existir y que es profundamente criticado y cuestionado; nos corresponde demostrar que la alianza es con el Estado americano y con los principios y valores de su pueblo, más que con un gobierno que pasará a la historia como el peor de todos.

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