ME REFERÍ HACE UNA SEMANA A la situación económica de los inmigrantes en Europa para analizar hoy las dificultades sociales y políticas por las que éstos atraviesan en la actualidad, aun en condiciones de legalidad pues, dicho sea de una vez por todas, el caso de los ilegales es francamente lamentable.
Si bien muchos países europeos han permitido y promovido la llegada de inmigrantes y se hacían los de la vista gorda con los ilegales, ya que llenaban puestos de trabajo en sectores en que los nacionales no tenían ningún interés, hoy los recientes problemas económicos y el desempleo determinan una franca persecución a estos grupos poblacionales de los que quieren salir rápidamente.
El tema raya con la xenofobia, pues hay diversos tipos de persecución. En Italia, Silvio Berlusconi ha venido militarizando las grandes ciudades para cumplir un doble objetivo: uno de seguridad, para evitar la violencia asociada a la pobreza, y otro de control sobre los inmigrantes y, muy especialmente, sobre los ilegales, a los que de manera continua acosan por sus rasgos físicos o por su color por el solo hecho de desplazarse por la calle.
El tema no es exclusivo del Estado y de las autoridades, ya que pasa de la persecución oficial a la agresión ciudadana en la que aparece un tinte racista o nacionalista. En España se han dado numerosos casos, especialmente contra ecuatorianos, que han sido víctimas de palizas. Uno de ellos fue el ataque —gracias a Dios filmado, pues permitió la identificación de los agresores— a un trabajador que se desplazaba en el metro a altas horas de la noche, para no mencionar el caso de una joven de 14 años reventada a golpes por una compañera que era animada por sus amigas para que la matara.
El rechazo a los inmigrantes por sus rasgos físicos y étnicos se ha convertido en algo tan complejo que muchos de ellos han recurrido a la cirugía plástica, especialmente a la operación de la nariz en el caso de los latinoamericanos y a la operación de los ojos en el caso de los orientales, para modificar sus facciones y para parecerse más a los europeos y al canon de belleza occidental.
A toda esta situación hay que sumarle el hecho de que lamentablemente muchos de estos inmigrantes están comprometidos en hechos delictuosos y que es cada vez mas frecuente la asociación que la opinión pública hace de ellos con el delito y la inseguridad rampante que viven las ciudades europeas. Preocupa particularmente el caso de los colombianos que aparecen generalmente vinculados o asociados a este tipo de situaciones.
Con un primer mundo preocupado por los problemas generados por las grandes migraciones contemporáneas y con la toma de medidas tendientes no solamente a evitar el desplazamiento en su origen sino por desestimular la permanencia y la presencia de extranjeros, hay que responder de manera enérgica con políticas nacionales que no solamente devuelvan la esperanza de una vida digna y con oportunidades, sino con campañas de comunicación que desalienten el éxodo.