No lo sabían, ¿verdad? Si uno camina por Bogotá todos los días – por ejemplo hacia su trabajo – se puede dar cuenta de que esta ciudad está concebida para cualquier vehículo que emite humo contaminante por el escape, pero no para los peatones y mucho menos para quienes se movilizan en bicicleta.
Le pitan a uno, casi lo atropellan. Algún carro apestoso sale disparado de un garaje y le aparta a un lado del andén, con una alta probabilidad de que el conductor esté hablando por su celular. Esto para no mencionar los innumerables taxis y buses irrespetuosos y medio dementes para quienes al parecer no aplican las reglas del tránsito.
Detenerse en las arterias y vías rápidas de la ciudad, el parquear en segundo e incluso en tercera fila, o voltear desde las mismas, está al orden del día. La única parte técnica de estas máquinas de vapor que parece funcionar de manera inocua es el pito. Por lo tanto, no sorprende su uso permanente, más bien instintivo que motivado por la necesidad. Los direccionales evidentemente no se usan nunca, ¿o será que la mayoría de los conductores simplemente no sepa cómo funcionan?
Todo lo anterior es parte de la cotidianidad de un peatón en Bogotá: una lucha diaria por la supervivencia en contra de aquellos conductores que desconocen la palabra ‘consideración’ y quienes, en su intento de compensar un aparente complejo de inferioridad, pilotean sus camionetas sobredimensionadas de la manera más beligerante. Como en el Lejano Oeste – una vida sin reglas y sin sentido común.
A esto se suman políticos sin ideas, únicamente capaces de dar vueltas al pico y placa en vez de dirigir los esfuerzos hacia medidas educativas que permitan la garantía de los derechos a los transeúntes y ciclistas en una ciudad donde desplazarse sin subirse a un vehículo contaminante sea la normalidad. Queda mucho por hacer. ¿Cuándo tendrá lugar un cambio de mentalidad y un replanteamiento de la movilidad urbana?
En Twitter: @andreasforer