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¿Por qué no se hacen oír los jóvenes?

31 de agosto de 2011 - 01:46 p. m.

El Gobierno tiene como una de sus metas para el 2014 llevar la tasa de desempleo a 9%. Si el país alcanza esta cifra en tres años, habrá dos formas de leer el hipotético resultado.

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Una, la benévola, será alegrarse de poder volver a hablar de tasas de desempleo de un dígito, después de más de década y media de soportar tasas de desempleo superiores a 10%. La otra, menos halagüeña y más acertada, será continuar preguntándose por qué Colombia tiene el desempleo estructural más alto de la región.


Mucho han discutido propios y extraños alrededor de los problemas del mercado laboral colombiano, cada uno desde su orilla. Demasiados beneficios al capital en el pasado: cierto. Baja productividad de la mano de obra colombiana, resultado en parte de problemas de acceso y calidad del sistema educativo: cierto. Altos costos asociados con la contratación formal: muy cierto. Sí, son múltiples los factores que explican por qué las autoridades no esperan tasas de desempleo más bajas. Sin embargo, aspirar a menos del 9% es legítimo y deseable, sobre todo cuando el desempleo de los jóvenes que no acceden a la educación superior (es decir, la mayoría) es bastante más alta que el promedio nacional. Si llegamos al 9%, ellos seguirán estando bastante por encima del 10%.


Los costos de la contratación formal son muy altos en Colombia y hay que bajarlos. Digan lo que digan, es la única salida para que se generen más empleos formales para los jóvenes. La recientemente aprobada ley de formalización lo reconoce, pero queda camino por recorrer. No se trata necesariamente de eliminar servicios que hoy se financian con impuestos a la nómina, sino de trasladar el costo de algunas cargas de la contratación formal a la tributación general. Esto, hay que reconocerlo, es bastante difícil políticamente hablando, pero también hay que reconocer que la principal dificultad política radica en que los jóvenes no tienen realmente quién hable por ellos.


Viendo lo que sucede en Europa, en el norte de Africa, en Medio Oriente y en Chile, cabe preguntarse por qué los jóvenes colombianos no deciden convertirse en sus propios voceros. Deberían hacerse oír.


andres.escobar@econceptaei.com

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