Las artes, de tarde en tarde, producen obras que, además de bellas y divertidas, tienen un trasfondo ético que las hace inolvidables.
Tal es el caso de Borgen, una magistral serie de televisión danesa que acaba de cerrar su tercera y, dicen, última temporada. Aunque todavía no se consigue subtitulada en español ni doblada, ya saldrá. Algo de ese calibre no puede ser ignorado por mucho tiempo. “Borgen” significa “castillo” en danés y es el apodo que se da en la ficción a la sede del Parlamento. El creador de la historia, Adam Price, se hizo famoso como chef en la televisión y quizá por eso la narración maneja con tanto tino la relación que existe entre este medio, la política, la opinión pública y la vida privada.
Tengo que revelar apenas un elemento fundamental del capítulo inicial, sin el cual la columna sería incomprensible. Entrada la primera década de este siglo, nuevamente hay algo podrido en el reino de Dinamarca y Birgitte Nyborg, una dirigente política moderada (así se llama su partido, “Los moderados”), pronuncia un discurso brillante en una encrucijada caótica en la que el principal jefe laborista y máximo aspirante al cargo de primer ministro comete un error garrafal al tiempo que expone al mandatario de derecha en trance de reelección. Por carambola y de forma inesperada, ya que su partido está lejos de ser mayoritario, Birgitte es elegida primera ministra por una coalición. Lo que sigue son las peripecias ocurridas a esta hábil y dura habitante del mundo político, que tiene una virtud en extremo extraña para la profesión: es una mujer de principios.
Mientras veía, una a una, las 30 horas de Borgen, pensaba en lo útil que resultaría la serie para los políticos colombianos de centro, digamos, Enrique Peñalosa, Antanas Mockus o Sergio Fajardo, pues ilustra con tremenda elocuencia para qué sirve algo que ellos menosprecian olímpicamente: el partido político. Price no esconde las fuerzas disolventes que subyacen en el ADN de esta institución indispensable y es justo por eso que las vivencias del personaje central resultan tan entrañables.
Birgitte, y aquí está el fondo ético del que hablaba, es maltratada, engañada y traicionada, y ve cómo su vida familiar se convierte en una montaña rusa, pero logra que sus principios sobrevivan y se impongan. Lejos estamos, pues, de esas series estupendas, Los Soprano, Breaking bad o House of cards, en las que predominan unos psicópatas que tan paradójicamente amamos los televidentes. En ellas la aventura, el odio y la traición sobrepujan viejos temas, como la amistad, la lealtad y el amor. Sí, Gide decía que con buenos sentimientos se hace mala literatura, pero hay una diferencia crucial: Birgitte y su brillante entorno de personajes secundarios —Kasper Juul, Katrine Fønsmark, Torben Friis— también son presa de malos sentimientos y a veces les dan rienda suelta. Otro cantar es si se puede hacer buena literatura o, en este caso, buena televisión sobre los principios. Tras ver Borgen la respuesta es un resonante sí.
Tema aparte es la forma en que las series de televisión contemporáneas están poniendo al cine argumental en un estado de indefensión. Hollywood gana con facilidad la batalla de las luces, de los efectos especiales y de los tiroteos de última generación. En contraste, no tiene cómo contar en dos horas lo que las grandes series, tipo Borgen, cuentan en 30, 40, 80 o más.