A riesgo de abusar del refranero español, yo diría que en la negociación de La Habana lo más probable es que el cansancio venza lo que la dicha no alcanza.
Desde hace tres años nos vienen ofreciendo sapos hervidos, al escabeche, al vapor, grandes, pequeños, gigantes, diminutos, verdes, rojos, amarillos, azules, jaspeados y no pare de contar. Estamos hasta la coronilla de batracios brincones.
Las Farc a estas alturas parecen más un partido político cavernícola con vocación de fracaso —la Marcha Patriótica, cercana a ellos, no ha tenido mejor idea que apoyar a Maduro en el lío de las deportaciones colectivas de colombianos— y no una organización militar preparada para la guerra. ¿Que en un escenario extremo podrían regresar a ella y que al menos una fracción, dígase la quinta parte, podría no dejar las armas y seguir narcodelinquiendo por la simple y perversa razón de que no sabe hacer otra cosa? Cierto. Igual, los comandantes sesentones que andan de camiseta y cachucha por las calles de La Habana no parecen ansiosos de volver al monte a hacerse matar. Esa es la buena noticia. La mala es que no tienen prisa por firmar nada.
El gobierno Santos, por su parte, se exprime los sesos tratando de hallar fórmulas creativas que le permitan finiquitar el proceso pronto, sin llevar las concesiones hasta la oclusión intestinal colectiva que nos ponga a convulsionar como país. El tal “congresito” o “comisión legislativa especial” es una fórmula institucionalmente riesgosa. Tras padecer casi cuarenta cirugías desde que fue promulgada en 1991, la Constitución está demasiado vapuleada como para que ahora convenga someterla a una riesgosa operación a corazón abierto. La debilitada gobernabilidad de Santos es un factor en contra de la paz porque le impide tomar riesgos y porque le dificultará cumplir con lo prometido y lograr que los acuerdos sean refrendados de una u otra forma por la ciudadanía. En cuanto a la oposición de derecha, los uribistas se han desgañitado tanto que se pusieron afónicos. Le apuestan a la continuidad de la polarización con la ilusión de ganar sobre ella las elecciones de 2018 en un país dividido, pero como se dice en ciclismo, arrancaron la fuga demasiado lejos y corren el riesgo de arribar extenuados a la meta.
Cuba ahora ayuda más, Venezuela menos. Eso daría para un empate, si no fuera porque ninguna de las dos puede bajarse del apoyo a la paz colombiana sin un costo político muy alto. El resto de países aliados han de estar aún más cansados que nosotros, de suerte que hoy ayudan con menos ganas. Claro que cuando el acuerdo esté realmente cerca, el entusiasmo internacional podría reactivarse.
Con una interinidad tan larga, nadie sabe con claridad cuál será su papel en el posconflicto y eso lleva a muchos a refugiarse en el pasado. ¿Que tal frente guerrillero extorsionaba y traficaba con drogas hasta ayer y ahora le piden que pare? Pues al darle largas al proceso llega un día en que ese frente vuelve a las andadas, lo que a su vez puede conducir a tiroteos con la Policía, tiroteos en los que muere gente de ambos bandos. En síntesis, el pasado es peligroso, por lo que es preciso clausurar la puerta principal que conduce de regreso a él.
Tenemos elecciones regionales, problemas represados, en fin, queremos cambiar de tema, para no hablar de destino turístico, pero no nos dejan. Estamos hartos de comer sapo; ojalá un día lo saquen del menú.
andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes