Europa está viviendo una colosal explosión económica por cuotas.
Más o menos una vez a la semana las bolsas del continente convulsionan como si sufrieran de epilepsia. Grecia, a la hora de escribir esta columna, tiene un pie fuera de la zona euro o, lo que es parecido, un pie en el abismo. Sus políticos dan vueltas y vueltas en redondo sin ponerse de acuerdo para formar un gobierno que los convertiría en verdugos, y ya son menos los que les sugieren no saltar. Algunos audaces incluso ven necesario ensayar este sacrificio salvaje a ver si hay vida económica después del suicidio de un país pequeño.
Al comando de la situación, si así puede decirse, está la Troika (la UE, el BCE y el FMI), tres instituciones muy apartadas de los pueblos de los que en últimas emanan, bajo la adusta batuta de Ángela Merkel, cada vez más cuestionada dentro y fuera de Alemania. Pero sería un acto de irrefrenable optimismo pensar que entre todos saben lo que están haciendo o para dónde van.
Aunque el orden de los siguientes factores alteraría muchísimo el producto, creo probable que todos sucedan de alguna forma.
1) El euro se salvará, así sólo sea porque su desaparición implicaría un cataclismo mundial y un fracaso total para Europa. Sin embargo, otros países saldrán de la zona euro, dependiendo por supuesto de cuál sea el desenlace de la tragedia griega, cuyo tercer y decisivo acto está a punto de comenzar. Dudo que haya quien se sume al euro en los próximos años, lo que entre otras cosas congela el sueño de la unión. El euro seguramente vivirá una época de devaluación, lo que paradójicamente le inyectará competitividad al continente, al tiempo que atraerá turistas.
2) Todos los países involucrados tendrán que tragarse dosis variables de las medicinas que más detestan. Alemania (como líder de los países del norte) tendrá que aceptar una mayor inflación causada por un mayor gasto público anticíclico y se tragará la emisión de eurobonos, entre otras medidas matizadas y reguladas que convertirán al BCE en un prestamista de última instancia; Francia tendrá que aceptar que en el mediano plazo todo desembocará en austeros recortes y en grandes reformas al Estado de Bienestar; los países del sur que decidan seguir usando el euro tendrán que tragarse en el mediano plazo una serie de medidas contra el bienestar de la población, aceitadas sin duda por una mayor carga de impuestos (¿temporales?) que recaerá sobre los más pudientes cuando vuelvan a arrancar las economías.
3) El crecimiento general de Europa no será nada del otro mundo en los años venideros.
4) Se seguirá erosionando el liderazgo europeo a escala global, pues entre otras cosas no se ve cómo podrían retomar el camino de la mancomunidad. La escasa inmigración, la creciente emigración y las desfavorables pirámides poblacionales harán el resto.
5) Las extremas tendrán su momento, si bien tampoco se ve cómo podrían imponer el tipo de sociedad que viene implícito en sus programas. No se repetirá la catástrofe fascista de los años treinta.
6) El continente se volverá menos arrogante y más amable para alegría de nosotros, sus admiradores del resto del mundo.
Soy consciente de que en lo anterior he contrariado mi vieja prevención contra el futurismo, sobre el cual nada se sabe con certeza. No obstante, hay que trazar escenarios, aunque sólo sea para ir modificándolos a medida que la realidad se deja sentir con sus mandoblazos.
@andrewholes