SAMUEL HUNTINGTON DESESTIMAba a quienes anunciaban el declive de Estados Unidos, sugiriendo que repetían un cuento viejo y mal contado.
Yo creo que el famoso profesor interpretó mal la parábola del pastorcito mentiroso: las alarmas falsas o prematuras son peligrosas, porque hay un día en que sí viene el lobo y nadie lo está esperando.
Piénsese en la creciente debilidad económica americana. El inmenso gasto anticíclico para superar la crisis de 2007 agregó raudales de dólares a un mundo ya inundado en ellos, cortesía de un déficit comercial viejo y sin fondo, causado ante todo por el consumo conspicuo y por la importación masiva de un petróleo cada vez más caro. Esto significa que la Reserva Federal imprime montañas de billetes a cambio de los cuales otros países entregan bienes. ¿Hasta cuando se podrá acumular una deuda tan descomunal sin que el mundo empiece a dudar de su valor? El dólar todavía es una moneda de reserva, pero ya no es una moneda dura, y un imperio no se puede sostener eternamente al debe.
En sus primeros dos siglos de existencia, los americanos se dieron el lujo de ganar todas las guerras que emprendieron, menos la de Vietnam. Las guerras fueron, además, en extremo lucrativas, hasta el punto de que el mejor negocio que hizo nunca el país fue participar en la Segunda Guerra Mundial y ganarla. Ahora, en tan sólo diez años, perdieron una guerra, la de Irak, y van perdiendo otra, la de Afganistán. Justas o no —y la de Irak fue particularmente injusta—, si un imperio no gana las guerras que declara, pierde vigencia la amenaza de su gran aparato militar. Hoy se sabe que USA está en capacidad de infligir gran daño, pero no de imponer su voluntad, y los primeros que lo saben son los americanos. Por definición, un imperio ha de ser temido, y el americano ha dejado de serlo tanto: los insultos de Chávez son prueba fehaciente de ello.
Súmese a la cocción que una fracción importante de la decreciente mayoría wasp odia el mestizaje, que tan bien simboliza Obama. La absurda y onerosa Guerra Contra las Drogas, por ejemplo, es un subproducto de este odio. El mestizaje es obviamente irreversible en Estados Unidos, así que de malas, pero la rabia de los wasp sí significa que lo que antes era un motor de desarrollo, la inmigración, ahora se ha vuelto un problema racial.
Para corregir el rumbo, Estados Unidos tendría que abandonar el modelo suburbano que tan feliz hace al wasp promedio, a un costo impagable. También tendrían que recortar el consumo conspicuo, lo que parece altamente improbable, a menos que el colapso del dólar los obligue a hacerlo. La restauración del espíritu militar agresivo quizá sí sea posible, pero tomaría años y podría llegar a un mundo en el que su efectividad sea mucho menor.
Estados Unidos sigue estando a la vanguardia mundial en sus universidades y en sus empresas generadoras de tecnología de punta, pero nada de eso se puede sostener si la sociedad de la que surge se fractura. Entre otras, los amigos del Tea Party desconfían de los expertos y de los intelectuales, lo que en últimas significa que desconfían de las universidades, a las que cada vez accede menos gente de clase media por el exorbitante costo de las matriculas.
Vendría, pues, un mundo multipolar, ya que ninguna de las potencias emergentes parece tener lo que se necesita para reemplazar a Estados Unidos. ¿Será esto bueno o malo o todo lo contrario? No lo sé, pero no sobraría acoger el consejo volteriano y ponernos a cultivar nuestro jardín.
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