LA INEXISTENCIA DE UN VIGOROSO partido de centro es una de las tragedias de este país.
Aclaremos, para contradecir al editorial dominical de El Tiempo, que el Partido Liberal no es tal, pues parece un buque fantasma por cuya cubierta deambularan los espectros vergonzosos de Eduardo Mestre, Rodolfo González, Manuel Francisco Becerra, Alberto Santofimio, Santander Lopesierra y hasta Pablo Escobar. Pese a que aún quedan en su seno personas honorables, por el estilo de Rafael Pardo, el partido perdió el último vestigio de autoridad moral —comenzando por la interna— en el gobierno de Samper, y al oír las protestas, digamos, del senador Cristo, yo me figuro estar oyendo a un alcohólico que acusa a otros de borrachos sosteniendo un whisky en la mano.
Con frecuencia se dice que el centro carece de convicciones. No hay tal: lo que pasa es que una persona de centro es lo contrario de un fanático, personajes mucho más comunes a la izquierda y a la derecha del espectro, así estén mezclados con gente sensata a la que por lo general hacen sufrir mucho. Sufre, por ejemplo, el senador Petro en su progresiva y no del todo afortunada migración hacia el centro. El problema reside en que sus posiciones han ido en esa dirección, mientras que su estilo arrastra con un viejo sectarismo. De todos modos, se le abona la valentía del cambio.
Ser de centro no consiste en partir todos los problemas por el aristotélico justo medio, consiste en defender un programa viable, contemporáneo y no extremista. Para volver a los ejemplos, la posición de centro dice que la guerra que se libra en Colombia contra los grupos armados ilegales, en particular contra las Farc, es justa y necesaria, si bien existen formas injustas de llevar a cabo guerras justas, como sería el estímulo a los falsos positivos o la continua locura del DAS. Ya en ello, es posible que un centrista se hubiera desempeñado mal en la tarea guerrerista que le tocó a Uribe en 2002. Lo que viene ahora, sin embargo, no es el uribismo o el antiuribismo, sino el posturibismo, una época que ni pintada para el inexistente partido de centro.
La posible política de centro tiene otras aristas, como la necesidad de un cambio drástico en la Guerra contra las Drogas. Hay también buenas ideas de centro en política económica, incluyendo la fiscal, y en el combate contra la desigualdad. Éstas, sin embargo, no tienen dueño en el país y se las pasan los unos a los otros, según la moda, como pelotas de playa sin aplicarlas a fondo.
La idea de que sólo en el remoto pasado era posible fundar partidos viables es la más antipolítica de todas. Me parecen irresponsables, por eso mismo, los miembros activos del centro que ejercen política personalista en el país. Hablo de Mockus, de Peñalosa, de Fajardo, de los uribistas moderados, que los hay, y de los huérfanos de la radicalización del Polo, como Lucho Garzón. A despecho del aprecio personal que uno les pueda tener, es penoso verlos subir y bajar a manera de yo-yos en la vida política del país. Quizá ganen alguna elección, pero les quedará mucho más difícil tener efectos duraderos en la vida colectiva. Sin partido no hay continuidad y sin continuidad no puede haber coherencia ni solidez.
Termino por decir que los indicios no me permiten ser optimista en la materia. Por lo que veo, los émulos de Robinson Crusoe seguirán encerrados en sus partidos-isla-para-uno. Lástima.