Me alegro, si cabe la palabra, de que en los combates del sábado pasado los militares y policías muertos en el Caquetá no hayan sido 15, como se anunció por la noche, sino apenas (!) cuatro.
Las Farc, por si les hiciera falta cometer más barbaridades, utilizaron combatientes vestidos de civil, una práctica expresamente prohibida por el DIH. En cuanto a la desaparición/secuestro del periodista francés Roméo Langlois, ojalá se resuelva pronto y ojalá la prensa internacional también comprenda pronto que tiene que ser más prudente.
Lo esencial, sin embargo, es que seguirán cayendo militares, policías, civiles e incluso periodistas mientras a las Farc les sigan llegando los chorros de dineros del ‘narco’ que les llegan. El que crea que dejando intactas sus fuentes de financiación es posible acabarlas está soñando pesadillas.
Pese a que a simple vista la guerrilla no parece un negocio, sí responde a la lógica de los negocios. Cualquiera que tenga alguna experiencia sabe que para quebrar a una compañía muchas veces basta con una reducción de ingresos del 20%. Pues bien, no conozco ni creo que exista un ‘balance’ confiable de las finanzas de las Farc, pero me atrevo a apostar que 2/3 de sus ingresos provienen del narcotráfico y que si esta fuente se seca, el colapso de la organización es inevitable. Me dirán que las Farc ya están metidas en otras actividades, como la minería ilegal o la extorsión. Sin embargo, el margen y el monto involucrados en estos casos son mucho menores, al tiempo que una mina no se puede esconder en cualquier rincón de la espesura, lo que entre otras cosas facilita la inteligencia policial a la hora de detectarla, mientras que el pago de una extorsión se convierte con facilidad en un señuelo. No sobra recordar que el fin del narcotráfico en Colombia dejaría ociosa una inmensidad de recursos para el control del crimen, lista para lo que se necesite.
La única manera de detener el narcotráfico es despenalizar el consumo, producción y ventas de psicotrópicos, según el modelo que se utiliza para el alcohol: ventas restringidas a mayores de edad en lugares regulados, altos impuestos, castigo a quienes combinen el consumo con el volante o pongan en riesgo a los demás y fuertes campañas para desestimular su uso. En esto último el modelo más exitoso ha sido el aplicado en Estados Unidos al tabaco —la nicotina es una droga en extremo poderosa, cuyo único atractivo es que calma la ansiedad que ella misma produce—. Con estas precauciones, el peligro de una pandemia de drogadicción es inexistente.
La despenalización llegará, lo quieran los gringos o no. Y no es ningún suicidio emprenderla como dicen algunos; suicidio a cuentagotas es no hacerlo más o menos ya. Mi apuesta es que el derrumbe del absurdo tinglado empezará con la legalización de la marihuana, una droga que en Estados Unidos es consumida y producida por blancos de clase media, es decir que no calma la adicción al racismo que padecen ciertos místeres. Una vez legalizada la hierba, se hará inocultable la hipocresía del esquema y las prohibiciones irán cayendo una por una.
Digámoslo de otra manera: la ristra de calamidades vividas por Colombia desde que empezó la Guerra Contra las Drogas demuestra que no hay peores narcóticos que el oro ilegal y el plomo asesino. Y ojo que la celeridad o lentitud no pueden ser aquí materia de retórica: hay asuntos de vida o muerte implícitos en que sea más temprano que tarde.
andreshoyos@elmalpensante.com@andrewholes