Nunca he comprendido la mala prensa que desde hace dos mil años tiene este prefecto romano. Poncio Pilatos era apenas un funcionario de tercera. Nunca fue un privilegiado, pues a un patricio de alto coturno no lo hubieran enviaron diez años a Judea, una provincia en los extramuros del Imperio, alzaprimada y revoltosa.
Pilatos, una vez allí, se mostró displicente. ¿Es este, sin embargo, un defecto en un burócrata de mitad de la escala? Los prefectos ejercían funciones militares, de recaudación de impuestos y tal cual tarea judicial, ocupaciones desagradables si las hay. El hombre no tenía razones para ser entusiasta.
Por lo poco que lo conocemos, sabemos que era escéptico y refractario a los dictados de la multitud. Le tocó en suerte ser testigo de un famosísimo retablo, en el cual lo vemos dudando, de una manera abúlica si se quiere pero también reflexiva, no visceral. La duda, como decía Borges, es uno de los nombres de la inteligencia, y su prestigio data de los tiempos de Sócrates. Algo me dice que a Pilatos le repugnaba la vulgaridad. No entendía las alucinaciones feroces que se habían desatado entre el populacho por las actitudes cada vez más polarizadas de las facciones y le exasperaba la tremebunda inflexibilidad de los mesías. Se hizo célebre por intentar razonar con uno de ellos, el más famoso, aunque el mesianismo era una plaga de los tiempos. Mucho se hablaba entonces de la llegada de los últimos días, frase que nunca ha tenido otro sentido que el aplicado a las vidas individuales que terminan.
Nada de lo que luego reencarnó en teología inquietó a Pilatos más allá de hacerle sentir fastidio y una cierta lástima por sus congéneres: “ustedes responderán por su sangre, yo no tengo la culpa”. Sí, es cierto que acabó cediendo al deseo sanguinario de la multitud, pero sólo Mateo, de los cuatro evangelistas, menciona el acto de lavarse las manos que se volvió emblemático del cinismo. Al final Pilatos salió raudo de la historia como había entrado en ella, decorado con una mancha interesante y habiendo proferido una maldición casi involuntaria. Tres años después de muerto Jesús, el prefecto fue relevado de su mando en Judea tras reprimir fuertemente una revuelta de samaritanos durante la cual crucificó a varios rebeldes, ninguno de los cuales figura en los libros.
La literatura apócrifa posterior —en realidad, prácticamente todo lo que hoy leemos sobre esos tiempos en Judea puede considerarse apócrifo— lo acusa de ladrón, aunque uno tiene sus dudas, porque se vislumbra en él a un inapetente. Ya en vena fantástica, cabe imaginarlo en posteriores andanzas cruzándose con un fariseo de voz trémula y mirada exaltada al que llamaban Saulo. Lo habrá mirado con desinterés como diciendo: ¿para qué profetas, para qué escribir adefesios incendiarios, para qué ponerlo todo en blanco y negro? Pilatos no podía discutir con Saulo su famosa pregunta: “¿Qué es la verdad?”, ya que si hay algo que los fanáticos echan rápido a la basura es la verdad.
El prestigio y el peso que hoy tienen esa época y esa provincia del Imperio Romano me resultan incomprensibles. Sí, hubo entonces unos cuantos escritores brillantes de textos sagrados, digamos protonovelistas, pero de resto no inventaron nada sano para la humanidad posterior. Poncio Pilatos lo sabía mientras se dirigía a otra provincia del imperio, ojalá menos truculenta, a continuar prestando sus servicios al gran César.