España tiene una larga tradición de transiciones incompletas, las cuales con frecuencia han desembocado en la tragedia.
Por cuenta de la Inquisición no supo pasar de su deslumbrante mestizaje medieval al despotismo ilustrado; por cuenta de la debilidad de su ilustración no supo hacer la revolución burguesa contra la monarquía; por cuenta del gran poder que adquirieron los extremistas no supo cimentar una auténtica república democrática; y cuando la muerte de Franco por fin le ofrecía el ingreso en pleno al Primer Mundo de la Unión Europea, los partidos políticos españoles se durmieron en los laureles —piénsese por un instante en las figuras de Aznar y de Zapatero y se tendrá la medida— y España volvió a quedarse dramáticamente corta.
No suelo envidiar a los políticos, pero a nadie envidio menos que a Mariano Rajoy, quien acaba de recibir de los españoles, por abrumadora mayoría, un regalo envenenado. No es que Rajoy no pueda obrar los milagros que en su discurso de posesión dijo no haber prometido, sino que si es mínimamente responsable ha de tener diseñado un paquetazo, en extremo doloroso para muchos, sin el cual el renacer de la economía española es imposible. Oigo la protesta de los nostálgicos del PSOE, pero no los puedo escuchar, pues la única ventaja que hoy tiene Rajoy es la contundencia del mandato recibido —análogo aunque políticamente opuesto al que recibió Felipe González en 1982— cuyo lema es: “señor, resuelva usted este lío como bien pueda” y que resiste medidas heroicas a lo largo de varios años antes de desgastarse. Ojalá su gobierno acierte y no empeore la situación en el largo plazo; en el corto, sobra decirlo, no tiene más remedio que empeorarla.
España es hoy un país herido y cargado de odios. Si uno quisiera dar un solo ejemplo del fenómeno, le bastaría con citar la despedida casi canalla que Arturo Pérez Reverte descargó sobre Zapatero. No hay en ella ni el más remoto vestigio de caridad cristiana, apenas tres tiros metafísicos en la nuca del vencido. Y así por todas partes.
Ahora bien, lo que Rajoy recibe no es el verdadero poder. Éste se halla 1.800 kilómetros al nordeste de Madrid, donde se deciden las políticas del BCE. Y ojo que no hablo de Bruselas, sino de Berlín. Los alemanes, por un atavismo anclado en la catástrofe de la República de Weimar, son alérgicos al uso de las imprentas de billetes y creen que una baja inflación es el factor que impulsa el desarrollo económico. Santo y bueno en tiempos normales, pero suicida en tiempos en que los países europeos y sus bancos enfrentan la ruina por deudas incobrables. Dicho de otro modo, Europa tiene que imprimir toneladas de euros y rezar para que el mundo les crea el acto de magia. ¿Qué son un par de puntos más de inflación anual cuando todo el edificio de la unión monetaria amenaza con caerse? Ahí está el detalle, los políticos europeos ven venir el tsunami de deudas como la italiana y siguen tan campantes discutiendo sobre el sexo de los ángeles.
Y aunque no es honorable alegrarse con la desgracia ajena, los países ordenados y disciplinados de América Latina podrían beneficiarse de la crisis europea, a menos que venga un cataclismo que no dejaría títere con cabeza. No más en Colombia se están incorporando cientos de sucursales de empresas españolas, listas a participar en lo que sea.
De cualquier modo, a todos nos incumbe que haya suerte, como dicen los toreros.
andreshoyos@elmalpensante.com @andrewholes