La vieja Europa luce ahora un poco más vieja, atascada como está en su peor crisis desde la Segunda Guerra Mundial.
Una primera paradoja es que aunque aquel conflicto apocalíptico puso bajo tierra a más de 40 millones de europeos, la posterior reconstrucción permitió que el costado occidental del continente viviera 65 años de intensa prosperidad, durante la cual surgió lo que se conoce como el “Estado de bienestar”, un régimen igualitario envidiado por el progresismo moderado del resto del mundo. En contraste, la crisis actual no ha producido casi ningún muerto, pero sí amenaza la sostenibilidad del envidiado invento y está dando al traste con el optimismo continental. Los dioses de las finanzas y de la demografía no castigan ni con palo ni con rejo.
En el papel, la crisis es difícil de entender. Si el Estado de bienestar no es sostenible, la solución obvia consiste en reducir sus gastos y aumentar sus ingresos, es decir en reformarlo. La política del asunto, no obstante, resulta endiablada, pues el Estado de bienestar heredó de las discusiones ideológicas de las que surgió la noción imposible de que todo bienestar está obligado a ser creciente, de modo que recortarlo sin causar un trauma monumental es casi imposible.
Entra a agravar la crisis un asunto todavía más espinoso: la unidad monetaria. Piénsese en el euro rígido y sin prestamista efectivo de última instancia como una bella y audaz construcción a la que los arquitectos no le pusieron cimientos por la prisa, de suerte que apenas tembló un poco, las paredes se llenaron de grietas. ¿Asunto de repararlas, no? Ahí está el detalle: cualquier cambio en materia monetaria implica la renegociación de un tratado internacional y, según se ha visto, los tiempos de crisis no son propicios para renegociar tratados.
Surge la tercera faceta del problema: la actual demografía europea prefigura un continente de viejos. La crisis en este caso agrava el problema, pues no sólo la natalidad se ha reducido en Europa, sino que la escasa cantidad de graduandos que sale del sistema educativo encuentra poco trabajo, al menos en un país como España. Recurre entonces un problema que Europa vivió en siglos anteriores, pero que no ha sido usual desde la Segunda Guerra Mundial: la emigración de los jóvenes. Es sabido que el peor negocio que un país puede hacer es ahuyentar a una persona cuya educación le costó mucho. Estados Unidos, para no ir muy lejos, lleva dos siglos aprovechando el aporte de este tipo de personas. Bien cierto sí es que nadie se va de su país porque sí: lo espanta el hambre, la violencia, la falta de oportunidades o la oferta de algo mucho mejor en otra parte.
La paradoja siguiente es que un europeo del sur, para no hablar de un alemán, vive hoy mucho mejor que un colombiano promedio o que un chino. ¿Por qué entonces la agudeza de la desesperanza que se siente? Gravita sobre ella un factor sorprendente, mencionado atrás: la ideología del bienestar dice que éste tiene que ser creciente. Si mis hijos van a vivir peor que yo, así vayan vivir en últimas bastante bien, mi vida pierde sentido. Y es entonces cuando surgen peligrosas epidemias de pesimismo como la que ahora recorre Europa.
El coletazo final del problema es que no se ve por ninguna parte el tipo de liderazgo que sería necesario para darle un vuelco a la situación. Pensándolo mejor, en circunstancias semejantes uno también sería pesimista.
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