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Hubris

05 de octubre de 2010 - 09:57 p. m.

JONATHAN FRANZEN ERA UN AUTOR prestigioso de pocas ventas, cuando a los 35 años publicó un largo ensayo en la revista Harper’s en el que, poseso de lo que los griegos llamaban el "hubris", afirmaba que él iba a escribir la gran novela social americana, que se esperaran un poquito.

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La soberbia desconcertante de este ensayo de 1996 convirtió a Franzen de inmediato en una celebridad, hasta el punto de que su siguiente novela, Las correcciones, fue un inmenso éxito de ventas. Por estos días, antes de que saliera la subsiguiente, llamada Freedom, Time la puso en la cubierta como Franzen había pedido en el ensayo, honor bastante dudoso, viniendo como viene de una revista con alma farandulera.

Franzen es un escritor muy dotado, de eso no cabe la menor duda. Sus diálogos parecen el expresso de las conversaciones pertinentes, sin que por ello pierdan la naturalidad, y su potente seguridad narrativa lleva al lector a pensar que las cosas pasan porque tienen que pasar. Freedom, además, tiene una estructura narrativa muy ingeniosa que nos permite perdonarle el uso un pelín descarado del suspenso y ciertos saltos de verosimilitud, como pretender que una mujer que apenas fue una notable jugadora de básquet en la universidad sea capaz de escribir una autobiografía impecable. Sumemos a esto la gran finale y tendremos una novela que vale muchísimo la pena leer.

No obstante, hay una faceta en Franzen que maltrata al lector: su condición dual de predicador y titiritero. La manipulación es ahora menos gratuita que en Las correcciones, un libro que con frecuencia se mofa de aquellos personajes que le caen mal al autor o incluso de un país, Lituania, donde tiene lugar una muy fastidiosa seguidilla de episodios esperpénticos. La manipulación en Freedom ya no depende de animosidades gratuitas, depende de la evidente indignación política de Franzen. Walter, uno de los protagonistas del libro, deja de repente de actuar como un personaje autónomo y durante gran parte de la narración se convierte en una marioneta. Lo que sorprende no es que Franzen tenga una opinión, como cualquiera, sino que un escritor tan dotado como él ignore que el género de la novela es un mal vehículo para llevar y traer mensajes justamente porque la autonomía de los personajes los hace mensajeros no confiables. A Franzen poco le importa que todo el proyecto que al final emprende Walter resulte ingenuo, contradictorio y absurdo. No, él ha planeado que su criatura despierte del letargo, se eche un discursote y listo: se lo echa. La idea, no en exceso novedosa, es ilustrarnos sobre las maldades de Bush, de Cheney, del complejo industrial-militar y de las empresas energéticas, así que al pobre Walter no le queda más remedio que caer en una trampa que insulta no sólo su inteligencia sino, lo que es más grave, la nuestra. Este contexto político, para colmos, no tiene ni dos años y ya sabe a viejo.

Walter no es el único personaje obligado a hacer mandados, pero sí es de lejos el más maltratado. Lástima grande, porque sin tanta manipulación, Freedom hubiera podido ser un libro magistral. Sospecho que el hubris que puso a Franzen en modo ambicioso en 1996 ahora está afectando la calidad literaria de sus novelas. ¿Que si leeré la próxima? Claro. Quién quita que el predicador se vaya un día de paseo, para beneficio de los lectores.

 

andreshoyos@elmalpensante.com andrewholes en Twitter

 

 

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