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Indolencia

15 de marzo de 2016 - 09:00 p. m.

Un país indolente quema su juventud y Colombia, en el último medio siglo, ha sido un país indolente.

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Hay muchos caminos para que la adolescencia y la primera madurez de cualquiera se conviertan en un holocausto. Es, si se quiere, la maldición de la naturaleza: que sobrevivan los más fuertes y que a los demás se los lleve el río. El daño empieza a veces en la infancia, cuando los niños y sobre todo las niñas son abusadas, violadas o crecen en un ambiente donde el abuso es sistemático. No es fácil salir indemne cuando un niño ve que el propio padre agarra a la madre a golpes. Si algo así está permitido, cualquier cosa lo estará. Y vaya que el abuso familiar solía ser tácitamente aceptado en Colombia. En tiempos recientes han empezado a aparecer denuncias con una exasperante parsimonia.

Nunca, que yo recuerde, fue difícil para un adolecente colombiano conseguir alcohol o drogas, años antes de que la vida les hubiera dado los instrumentos para decidir si querían recurrir a ellos o no. No soy prohibicionista, pero sí pienso que nada de eso debe estar disponible para menores de edad y mucho menos resulta sensato permitir que se ponga de moda, como lo estaba en mi adolescencia. Lo peor es que, al menos en el caso del alcohol, los padres solían ser los proveedores, por acción u omisión. Tomar aguardiente e ir al prostíbulo hacían parte del ritual de iniciación del muchacho promedio que estrenaba hormonas. Para colmos, en gran parte del país no había nada que hacer con el tiempo libre como no fuera asistir a fiestas etílicas (por lo menos), con la obvia pérdida de control. Y este efecto se exacerba si quien pierde el control es un adolescente.

A partir de ahí cualquier cosa puede pasar. Si hablamos de mujeres, una niña de 14, 15 o 16 años corre el riesgo de quedar embarazada y, al tener un hijo a semejante edad, de saltarse un gran trozo de la vida y quemar su juventud antes de haberla vivido. El padre de la criatura por lo general será un contemporáneo que empezó a jugar con fuego a los 13 o 14 años. De nuevo estamos ante una brutal anticipación de la vida, que por definición vuelve a la persona irresponsable.

Cierto, a los hombres no les crece la barriga, aunque los acecha la violencia. Esta en Colombia siempre ha estado a la vuelta de la esquina. Podía ser que un grupo te reclutaba para matar soldados o policías o que un grupo de signo contrario te mataba por haberte incorporado al primero, cuando no porque estabas en el lugar equivocado.

La civilización, una condición a la que un país digno debe aspirar, exige que la juventud dure el tiempo que tiene que durar. Esto implica aislar a los jóvenes de los fenómenos arriba enumerados, y de otros análogos, para formarlos en valores y tratar de que en su mayoría se conviertan en buenos ciudadanos, asumiendo las ideas, tendencias políticas o creencias que mejor les parezcan. Parte del aprendizaje cívico consiste en acostumbrarse a vivir en la contradicción sin insultar ni atacar físicamente al contrario ante el primer desacuerdo. Con la educación el conflicto no desaparece, sino que se vuelve productivo.

Sí, siempre habrá una minoría que al final opte por el camino chueco. Lo que no puede ser es que esta decisión la tome la sociedad por los jóvenes en vez de que lo hagan ellos mismos cuando por fin lleguen a la edad de las convicciones irreductibles, por ahí a los 30 años.

andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes

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