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José y Luis

04 de febrero de 2014 - 11:00 p. m.

Los primos hermanos José Rodríguez y Luis Gómez son cruciales para entender el futuro de Colombia.

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José, casado y con hijos, nació en Tunja en 1975 y terminó su bachillerato allí mismo en un colegio oficial en 1993; no estudió nada más. Luis es soltero, nació en un pueblo de Boyacá también en 1975, pero sólo cursó hasta quinto de primaria en el colegio local. Tanto a José como a Luis, sus padres, católicos ellos, les daban rejo, aunque ninguno de los dos recuerda abusos sexuales, como sí los recuerdan varias parientas mutuas. José y Luis comparten cuatro tíos de más de sesenta años que no tienen trabajo, ni ingresos fijos ni pensión de ningún tipo; todos ellos malviven de la caridad. Se sabe que uno de los abuelos votó una única vez por Rojas Pinilla en 1970, y se habla de un bisabuelo gaitanista. De resto, la familia Rodríguez Gómez ha sido abstencionista.

José a veces trabaja en construcción, a veces en un pequeño almacén y a veces tiene contratos temporales. Son trabajos informales que le permiten estar un poco por encima de la línea de pobreza definida por el DANE. Luis es vendedor ambulante y también está por encima de la línea de pobreza. Ambos, aun así, siguen afiliados al Sisbén. De resto, no aparecen en las bases de datos de la seguridad social.

Ninguno de los dos es un ideólogo ni puede explicar con claridad su encrucijada, pero si alguien los sentara para hacerles un perfil, dirían que el Estado, y por lo tanto el país, los estafó con una educación de mala calidad, educación que en el caso de Luis se volvió inaccesible después de quinto de primaria. Dirían que la sociedad está en deuda con ellos y que, de llegar la ocasión, intentarían pagarse esta deuda a las buenas o incluso a las regulares. A las malas ya no, porque se han enterado de que la lucha armada ha sido un rotundo y sangriento fracaso y porque no les gusta matar, aunque sí protestar y hablar mal de su destino.

Supongo que a estas alturas debo aclarar que José y Luis son personas abstractas, armadas a partir de los dos nombres masculinos y los dos apellidos más comunes del país. Su situación se repite en millones de casos con variaciones no cualitativas. A ambos los beneficia de manera muy menor el crecimiento económico. En cambio, no le sacan provecho alguno a los tratados de libre comercio y el desarrollo tecnológico podría incluso perjudicarlos al borrar del mapa ciertos trabajos de baja capacitación a los que hoy tienen acceso.

¿Por qué son importantes José y Luis? Porque en su condición actual ambos serían fácilmente reclutables por un populista o un demagogo, si no llega antes una de esas iglesias de última generación a absorberlos y exprimirlos.

La clave está en que, en los tiempos del posconflicto que seguramente vendrán, el Estado se sacuda para ofrecerles a José y Luis algo más que la vieja mezcla de espejitos, paños de agua tibia y bolillo a la que los tiene acostumbrados. Es decir, que contribuya a volverlos ciudadanos participantes y útiles antes de que se vayan por otros caminos. Por ahora, el Estado los ignora porque no caben en algún sofisticado modelo matemático. Hace reformas, sí, pero nada más peligroso que una reforma parsimoniosa.

Señor tecnócrata: ¿qué hay en su brillante portafolio para este par de compatriotas y para los millones como ellos? Piénselo, porque si no una marea populista podría volverlos irrelevantes a usted y a ese portafolio que ha confeccionado con tanto cuidado.

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