El grupo mafioso que la semana pasada paralizó gran parte de Antioquia, Chocó y Córdoba, con efectos apreciables sobre zonas aledañas, ha tenido diversos nombres a medida que evolucionaba.
Ahora se llama el Clan Úsuga, por el apellido de sus últimos jefes; antes se llamó Los urabeños, Autodefensas gaitanistas de Colombia y hasta Héroes de Castaño. Los Úsuga llegaron a su condición actual matando y sometiendo a sus rivales, y son la bacrim más poderosa del país.
Esta proliferación de nombres no implica apenas una estrategia para confundir, como lo pensaría cualquiera, sino que delata algo más básico: la existencia en Colombia de una amplia casta delincuencial que ha venido confluyendo por caminos variables y que, como los huracanes, ora hace masa crítica aquí, ora allí. Los integrantes del Clan Úsuga llegaron a él por vías diversas, a veces secuenciales. Unos salieron de los carteles de la droga de los años ochenta y noventa, otros del Epl, de las Farc, del Eln, de la propia Fuerza Pública que tuvo durante décadas miembros corrompidos. Sin embargo, el grueso proviene de las Auc y demás vertientes del paramilitarismo, cuya desmovilización fue pobremente conducida por el Estado. Hablamos de miles y miles de personas, que por una u otra razón quedaron al margen de la legalidad.
A raíz de la reciente muerte de varios agentes, la Policía, agredida y ofendida en su honor, promete “aniquilar a los Úsuga”, como es su deber, mientras que los periodistas creen que la caída de un capo es la gran primicia. Sin embargo, esta noticia resultará inocua si detrás del caído hay decenas para tomar su lugar. Dicho de otro modo, de nada servirá acabar mañana con los Úsuga si pasado mañana surgen los XYZ. Porque salta a la vista que hay gente disponible de sobra para conformar bandas peligrosas y –lo que es mucho más importante– hay un colosal capital disponible para financiar actividades criminales. Aunque últimamente se debe sumar a la ecuación la minería ilegal, la parte del león la provee el dinero del narcotráfico.
De esta descripción somera e incompleta es posible concluir que la lucha contra la banda de los mil nombres estará perdida a menos que se deseque la fuente financiera del crimen: las rentas del narco. Porque lo que hay en la actualidad es un gran arrume de leña seca al que le viven rociando gasolina. ¡Y nos dicen que la idea es evitar los incendios!
Agréguese al lío que el actual proceso de paz generará un nuevo contingente de desmovilizados. De ellos, un fragmento no querrá o no podrá integrarse a la vida social, sobre todo porque lo único que muchos saben hacer es matar, extorsionar, secuestrar y traficar. ¿Surgirán nuevos clanes Úsuga? Es casi seguro. La clave está en que surjan en un ambiente sin abundancia de recursos.
Por todo lo anterior no queda de otra que volver sobre una vieja obsesión: es indispensable replantear desde la base la inicua, inane y absurda guerra contra las drogas en la que, ahora lo sabemos, Richard Nixon embarcó al mundo por razones racistas. Tras la legalización progresiva, el narcotráfico desaparece, y sin él las mafias se las verían a gatas para sostenerse. Es también por eso que no debe ganar en Colombia un candidato autoritario, más prohibicionista que el propio Nixon. Con alguien así en la presidencia, nuestra piedra de Sísifo volvería por enésima vez a su punto de partida.
andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes