La guerra del Vietnam no sólo fue un subproducto demente de la Guerra Fría, sino que tuvo consecuencias indirectas en extremo inconvenientes para un país como Colombia.
¿Por qué? Pues porque la torpe intervención de los gringos convirtió a los guerrilleros del Viet Cong en un símbolo mundial y dio un prestigio inmenso a la lucha armada, hasta el punto de que aquí estamos tratando de erradicar sus últimos coletazos 50 años después. En efecto, el Che Guevara hablaba de crear “dos, tres, cien Viet Nam” en las selvas de América Latina, y aunque el impulso no alcanzó para tanto, sí dio para perpetuar a grupos como las Farc y el Eln. En paralelo, Estados Unidos fomentó un militarismo contrarrevolucionario agresivo en los ejércitos del subcontinente, el cual muchas veces desembocó en la lucha armada ilegal de derecha, por ejemplo la de los Contras de Nicaragua. El Pentágono creía que al rezar después de haber pecado empataba, pero ¿y los muertos?
Hay más. La lucha triunfante por los derechos civiles de Martin Luther King y sus copartidarios dejó al ala racista de la mayoría blanca americana sin argumentos ideológicos. Pronto los más astutos, dígase Richard Nixon, encontraron una salida: desatarían la guerra contra las drogas. Esta cruzada nunca pasó por un análisis de costo beneficio y mucho menos por otro de salud pública. Lo que importaba era que la presencia de los negros y los latinos en la producción y, sobre todo, en la comercialización de las drogas era desproporcionada, lo que otorgaba al racismo un argumento contundente: los negros y los latinos son malos, quieren hacernos daño, debemos perseguirlos. Las estadísticas al respecto son brutales: uno de cada tres hombres negros nacidos en Estados Unidos pasará alguna vez por la cárcel. Los latinos, por nuestra parte, fuimos durante décadas representados, no por Borges, sino por Pablo Escobar. Todo un honor.
¿Alguien entiende, entonces, que a estas alturas siga habiendo despistados que dicen que al diseñar la política colombiana sobre las drogas hay que tener en cuenta lo que dice el Partido Republicano, refugio actual de esa mayoría decreciente de hombres blancos que en su momento lanzaron las políticas que nos hicieron tanto daño? O sea, ¿ellos legalizan la marihuana y nosotros, mientras tanto, nos seguimos matando para darles gusto?
A Colombia no le ha aportado nada ser servil con Estados Unidos. Sí, ese país puso la tecnología y parte del entrenamiento que, sumados al esfuerzo propio, les permitieron a nuestras Fuerzas Armadas inclinar la balanza del conflicto interno en favor del Estado, pero eso incluso Estados Unidos lo hizo a regañadientes y lamentándose con tremenda hipocresía de que los militares del subcontinente, incluidos obviamente los colombianos, hubieran aprendido a irrespetar los derechos humanos, lección que ellos mismos les impartieron durante décadas.
Por lo anterior los gringos nos salen a deber. Aunque es muy difícil calcular cuánto ha costado todo lo dicho, un estimativo realista diría que el PIB colombiano podría ser superior hoy fácilmente en un 50%, parecido al de Chile. Ah, y de ñapa seríamos más, pues nos habríamos ahorrado 300 mil muertos. Que vayan diciendo allá en el norte cómo van a saldar la cuantiosa deuda. Nada de espejitos esta vez, por favor.