Por aferrarse con fanatismo a sus creencias, mucha gente no contempla que el mundo contemporáneo ha acelerado la caducidad de ciertas ideas, consideradas firmes hasta ayer.
Pocos temas confirman esta tesis con mayor fuerza que la energía nuclear. Tras un primer auge que culminó en 1979, la energía nuclear fue objeto de una súbita demonización en los años 80. Vino en 1986 el aparente golpe de nocaut con el desastre de Chernóbil, cuando un vetusto reactor soviético sufrió el temido meltdown. Murieron 31 personas en forma directa, fueron emitidas grandes cantidades de peligrosa radiación afectando a cientos de miles y una zona de 30 kilómetros a la redonda se hizo inhabitable. La construcción de reactores nucleares pasó después por un repentino descenso, que duró más de una década, mientras que el mayor costo debido a las nuevas exigencias de seguridad, entre otros factores, hacía que la electricidad producida por estos reactores de fisión tuviera dificultad para competir con la generada mediante la quema hidrocarburos baratos, considerados casi inocuos en esa época. Toda una industria tenía un pie en la tumba y sus enemigos se paseaban por el mundo triunfantes y vindicados.
Apareció entonces la noción del calentamiento global, según la cual la energía termoeléctrica, para no hablar del ganado vacuno y otros fenómenos antes considerados inofensivos, estaban envenenando la atmósfera de la totalidad del planeta, no ya 30 kilómetros a la redonda. Por lo demás, los reactores de tercera generación no son comparables con el que explotó en Chernóbil, pues están diseñados para que un accidente como aquel sea prácticamente imposible y uno menor en un orden de magnitud, como el de Fukushima, en extremo improbable. Cierto, todo sistema complejo operado por seres humanos es susceptible de verse afectado por graves errores. Sin embargo, el daño que producen los combustibles fósiles no requiere de accidentes: se acumula día a día de forma irreversible en la atmósfera, un bien mundial que no reconoce fronteras. En contraste, la energía nuclear no solo emite cero gases de efecto invernadero, sino que es de lejos más confiable que el resto de las energías alternativas. Los reactores de fisión producen electricidad de noche y de día, brille el sol o no brille, sople el viento o no sople, haya inundaciones o haya sequías.
Hoy se están construyendo en el mundo 66 reactores de última generación, cada uno de los cuales contribuirá a largo plazo con la descarbonización de la atmósfera. El diseño de los mismos se ha empezado a estandarizar de manera hace poco impensable. Para los próximos diez o 15 años se esperan desarrollos tecnológicos que permitirán utilizar los residuos tóxicos, que supuestamente iban a envenenar el planeta durante cientos de miles de años, como combustible a medio consumir. En fin, el viejo paradigma de los enemigos de la energía nuclear ha dado un giro de casi 180°, borrando la sonrisa triunfal de más de un fanático.
Me dirán que este tema en Colombia es lejano, por cuanto no hay ningún reactor nuclear comercial en 2.000 kilómetros a la redonda de Bogotá. El más próximo está en Puerto Rico, pero dejó de funcionar en 1968. Ahora, con la dramática sequía del último par de años, deberíamos entender que la energía hidroeléctrica tiene sus bemoles. Además, las reservas de petróleo del país se están agotando. ¿No sería hora de pensar en la opción nuclear?
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