LAS DROGAS SINTÉTICAS LLEGAN por oleadas. Unas se vuelven populares durante cierto tiempo, otras pegan, agregándose a la ya extensa lista.
En tiempos recientes apareció con fuerza la K2 o marihuana sintética, que se suma al LSD, al éxtasis, a la metanfetamina y a una parte creciente de la farmacopea psiquiátrica (GHB, Rohipnol, ketamina, Lexotan), consumida por algunos con fines no médicos.
Si la tecnología aplicada a los medicamentos legales es una guía, estas drogas de “diseño” serán mucho más potentes que las cosechadas en la naturaleza —la marihuana— o las extraídas de ella —la cocaína—. De hecho, la tal K2 es poderosísima y su abuso ha matado a decenas de personas en Europa y Estados Unidos. La constante renovación de la oferta y su vitalidad demuestran, por si hacía falta, que las posibilidades de evitar por vía punitiva que un adulto consuma lo que le dé la gana son en extremo remotas. Buscar estados alterados o salir de uno mismo, pese a los peligros variables para la salud que ambas tentaciones implican, se incorporó a la curiosidad humana hace milenios y no va a dejar de pertenecer a ella a punta de amenazas legales y menos en sociedades masificadas en las que el individualismo es cada vez más inaccesible. Estos tiempos, por cuenta de la ilusión demente según la cual la prohibición es el camino para erradicar pulsiones humanas profundas, quedarán inscritos en los anales del desperdicio, de la crueldad y del absurdo. La prostitución sirve de analogía. ¿Qué proporción de las mujeres se prostituye? Muy pocas. ¿Y hombres? Menos. ¿Hay que legislar con la idea de que todos estamos en peligro de prostituirnos? Desde luego que no.
El fenómeno de las drogas se ha vuelto uno de los predilectos de la sociedad del espectáculo y, en consecuencia, es dramáticamente deformado por la lupa implícita en la comunicación contemporánea. Si en un país como Colombia apenas dos personas entre mil conjugan las condiciones que las llevan a ser presas de un abuso catastrófico de las drogas —una personalidad adictiva, una educación defectuosa y una familia deshecha—, igual habrá cerca de 100.000 damnificados. Cada una de estas víctimas hará de sí misma un espectáculo atroz, de aquellos que llegan con facilidad a las pantallas de los noticieros, a los periódicos o a las páginas de internet. De otro lado, esa cantidad de personas estadísticamente insignificante impresionará hasta la indignación a los médicos encargados de tratarlas y creará el espejismo de que lo que se necesita para lidiar con dos es semejante a lo que necesita para lidiar con 998. Asimismo, una gran proporción de la población lee con alarma la información publicada sobre las nuevas drogas, al tiempo que una ínfima minoría la lee con avidez consumidora.
Llegará el día en que, en los países de veras democráticos, un adulto pueda adquirir las drogas que quiera, como hoy puede comprar tabaco y alcohol, pagando unos impuestos altos y siendo sometido a un intenso bombardeo contra el abuso, similar al que tanto éxito ha tenido a la hora de reducir el consumo de cigarrillos en países como Estados Unidos (en Colombia estos siguen teniendo un precio irrisorio debido a la impotencia estatal). No tiene sentido moldear las políticas sociales pensando en su fracaso marginal en un número reducido de casos. El abuso de las drogas es un problema de salud pública y como tal debe tratarse. El resto es ideología y fanatismo.
andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes