A medida que se acerca el día de la verdad, el cielo de La Habana se nubla de forma cada vez más ominosa.
Juan Manuel Santos, según cuentan, tiene ganas de dar un portazo y levantarse de la mesa en la que se negocia la paz. Esperemos que resista la tentación mientras aún sea alcanzable un acuerdo viable, pero si el 25 de noviembre no hay luz verde —posibilidad muy real al ritmo que vamos—, arrancará en firme, con o sin Santos, la campaña electoral y la mesa de negociación será devorada de un bocado. Quedan, pues, ocho semanas de ansiedad e incertidumbre.
Dado el palpable cambio de tendencia, no sobra examinar qué pasaría si no hay acuerdo. Las alternativas básicas son dos: las conversaciones se suspenden sine die con la idea de reanudarlas cuando un nuevo presidente decida si quiere reanudarlas, o bien se pone fin de una buena vez a la negociación y se reactivan las órdenes de captura internacionales de los negociadores de las Farc. Para el efecto, estas alternativas no son tan distintas.
El asunto no consiste en volverse santista, propuesta muy difícil a estas alturas dados los numerosos errores cometidos por el Gobierno. Cito algunos grandes: nombramientos frívolos en puestos clave, no haber desactivado la desgastante pelea con Uribe, haberse aliado con el samperismo, que quita mucho más de lo que aporta, y el más trágico de todos, cuyo carácter de error todavía está por verse: haber empezado un proceso de paz sin tiempo para resolverlo y cuando las uvas estaban verdes.
Pero no sólo el Gobierno ha cometido errores; otros hay que no saben bien lo que les viene pierna arriba. Primero están las Farc, que se pusieron a agudizar las contradicciones y a jugar al gato y al ratón sin percatarse de que el ratón son ellos. El Ejército colombiano se ha convertido en un formidable aparato de guerra, de suerte que si hay que regresar al conflicto abierto, no es imposible que la guerrilla sufra una derrota estratégica en un tiempo breve. Una eventual victoria militar contundente del Estado probablemente derechizaría al país por una generación.
Esto último es lo que a su vez ignora la izquierda inflexible, que equipara a Santos con Uribe y anda realizada reivindicando como un gran “triunfo” su decisiva participación en la reciente movilización social. ¿Creen acaso que van a recoger muchos votos con eso? No es lo que dicen las encuestas. Ninguno de los candidatos a la izquierda de Santos despega, mientras que el uribismo se chupa el oxígeno político.
En términos más generales, Uribe es una tarea pendiente para la intelectualidad colombiana. Aunque los antiuribistas radicales y obsesivos —y cada lector podrá citar varios nombres— de veras creen que sus denuncias debilitan a Uribe, la cosa parece ser al contrario: la virulencia y persistencia de los ataques hacen que la gente lo rodee más. No de otra manera se entiende que la lista cerrada del expresidente al Senado tenga una intención de voto tan alta. La gente, por lo visto, añora al mandamás inflexible.
El peor daño colateral que causaría la derechización del país sería, aparte de las muertes en combate y del alto costo de continuación de la guerra, la imposibilidad de desmontar la política antidrogas. A la gente se le olvida que Santos, así sea con timidez, es el único político del establecimiento que ha planteado un viraje en la materia. De fortalecerse mucho el uribismo en el Congreso, olvidémonos de legalizar la marihuana o cosa parecida.