La derecha radical del país, y hasta el ala moderada, están echando sus restos por estos días.
A cualquiera que defienda el proceso de paz en las redes sociales lo encienden sin piedad. Mi pobre madre, que murió hace poco, ha sido asociada repetidamente con una profesión que nunca ejerció. Yo mismo soy señalado de estar vendido a los intereses más oscuros.
Pocas veces ha habido en Colombia mayor separación entre percepción y realidad. Da lo mismo que una apabullante mayoría de personalidades y poderes internacionales, incluidos los cinco países con derecho a veto en el Consejo de Seguridad de la ONU, estén a favor del proceso de La Habana. Como el propio Obama ha hecho explícito su apoyo a la paz, los iracundos dan por hecho que el próximo presidente de Estados Unidos será republicano. Los radicales criollos citan las escasas excepciones como si fueran reglas. Así, el partido que su equipo va perdiendo 7-2 lo ganan en la mesa de edición con un video en el que solo se ven los goles propios, no los ajenos. Arrecian la mentira y su forma más eficaz, la verdad a medias. Por ejemplo, la fiscal Fatou Bensouda, quien en últimas decide si la CPI inicia procesos que involucren a Colombia, lleva tiempo callada y lo poco que ha dicho es que el proceso le gusta. Claro, no puede ir más allá. Pero no, el procurador Ordóñez insiste en darle consejos no pedidos, con tal de confundir. Sobra decir que ni él ni José Miguel Vivanco, el utópico director de HRW, toman decisiones en la CPI.
La idea básica es sumirlo todo en una marejada de pesimismo, sin que importen las muertes de todos lados, incluido el Estado, que vendrían si el proceso fracasa. La sobredosis de negro, suponen, hará que los indecisos lo vean todo gris y voten NO en el plebiscito. Cuentan en su favor con la debilidad del Gobierno, que no solo está desfinanciado —por cuenta del rotundo fracaso del modelo extractivista, responsabilidad directa de Álvaro Uribe, cuyo cinismo en esta materia, como en otras, es total—, sino que anda escaso de gobernabilidad. De ahí que haya recortado la agenda en forma dramática, lo que alborota a quienes creen (creemos) que el proceso de paz debe ir acompañado de reformas audaces, sin las cuales el posconflicto podría enredarse.
No sé quién vaya ganando la batalla de cara a la opinión pública, pero si es quien más grita, los mamertos de derecha están en ventaja. Santos no es hoy ni será mañana un político popular o carismático. Sin embargo, da la casualidad de que es él quien encabeza un proceso crucial para el futuro del país, así que su carácter es lo de menos.
Cuando las cosas no están definidas, el odio y el pesimismo son motores mucho más potentes que el optimismo o la esperanza. Y las Farc son fáciles de odiar. Igual el proceso de paz se negocia con ellos, no con las monjas betlemitas.
Ahora bien, ¿contribuyen las Farc al éxito del proceso? Para nada, antes ponen cada palo en la rueda. El último fue grueso: no solo dicen que no aceptan el plebiscito, sino que ni siquiera sugieren alternativas. Se ve que en eso tampoco han salido del monte. Y siguen con el adefesio de la constituyente, que para ellos sería un suicidio. ¿Qué hace que no entiendan que si el uribismo apoya la constituyente es porque va contra sus enemigos jurados, o sea, las propias Farc? En fin, cada cual es libre de jugar con cianuro si le apetece. Lo malo es que todos podríamos terminar comiendo del plato envenenado.
andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes