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Retórica y realidad

30 de septiembre de 2014 - 10:13 p. m.

Los preacuerdos alcanzados por el Gobierno y las Farc y revelados hace una semana están redactados en un estilo mazacotudo que los hace tan apetitosos como una jarra de engrudo.

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¿Esconde esta espesa retórica intenciones pérfidas, como temen algunos? No lo creo; me late que bajo el engrudo subyace la miseria política e intelectual que desde hace 25 años caracteriza a las Farc.

Igual, tras guapear con la maraña de superlativos y sustantivos abstractos, leí todo y terminé frotándome los ojos: ¿fue para esto que nos matamos en forma inmisericorde durante 50 años? Imposible. Es que hasta Claudia López, para no hablar del senador Robledo y su intransigente sector del Polo, tienen posiciones más claras y más radicales en varios de los puntos tratados. Ausente la violencia, todo lo que estos documentos contienen hubiera estado al alcance de un movimiento reformista de izquierda democrática que, sin el estigma de la guerra, de seguro hubiera tenido opción de poder en el medio siglo que malgastamos martirizándonos. Los miles de muertos, lisiados, secuestrados, quebrados y afectados por la destrucción, sobraban.

Claro, hay que dividir el medio siglo de guerra en dos y explicar que fue la caída del muro de Berlín en 1989 la que borró de un plumazo el ideario que, por cuenta de Jacobo Arenas, las Farc habían heredado del Partido Comunista y éste de la URSS. Aquellas sí eran propuestas imposibles de imponer por vía reformista: estatización masiva de empresas, colectivización forzada del campo, estalinismo como método de organización política y, en general, el modelo completo de lo que alguna vez se conoció con el escalofriante nombre de “la dictadura del proletariado”.

Despojadas de su vieja ideología, las Farc siguieron por inercia con su crueldad y sin dudarlo un instante intensificaron su entonces incipiente participación en el narcotráfico, lo que de paso eliminó para ellos la dependencia de los dineros internacionales. Ahora bien, el narcotráfico será muy lucrativo, pero no entraña ni remotamente una ideología. La contradicción creciente entre las aspiraciones mínimas y los métodos brutales quedaba remitida a la futura toma del poder, que ya les daría ocasión de imponer algún programa, cualquier programa, el que surgiera de la propia lucha revolucionaria. La sola existencia del punto de las drogas ilícitas ilustra, por si hacía falta, que las Farc optaron por la degradación sin retorno.

Una negociación como la actual conduce a un escenario distinto: dado que las Farc no tienen programa, nadar sin armas en el imperfecto sistema democrático colombiano les va a resultar en extremo difícil. Lo previsible es que el vaivén político las transforme de manera rauda. Su unidad, hoy frágil —uno no se imagina al sanguinario Paisa negociando nada con miras a cumplirlo—, probablemente no durará ni un par de años en el nuevo ambiente. Si, de ñapa, se da el relanzamiento económico del país que prevén los análisis de Ana María Ibáñez, cualquier radicalismo saltará hecho añicos por la evolución política.

No estoy diciendo que el fondo de tierras, la inversión en el campo, los beneficios a los campesinos, las garantías políticas, el desmonte de la industria de las drogas ilícitas y demás puntos preacordados, no convengan. Al contrario, finiquitemos la negociación, enterremos las armas, paguemos los costos y pongámonos a criar bisnietos que, como decía Escalona, es muy sabroso.

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