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Sapos

28 de octubre de 2014 - 10:23 p. m.

Los sapos que al parecer nos habremos de tragar no sólo son feos y poco apetitosos, sino que tienen la mala costumbre de croar.

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No quiero minimizar aquí el efecto de las declaraciones cínicas que cada dos por tres sueltan las Farc en La Habana —que las víctimas son ellos, que la dejación de armas tiene que ser mutua, que no son narcotraficantes, que los niños se enlistan por gusto—, pero tampoco es lo mismo un discurso hiriente que una lluvia de balas o una bomba en plaza pública. Los insultos, aunque ofenden, no matan.

La indignación, la desconfianza y la astucia política no hacen buena mezcla. Claro que hay que desenmascarar las mentiras de las Farc y claro que hay que juzgarlos por los hechos, no por lo que dicen, si bien la renovada derecha colombiana se toma libertades olímpicas en su lectura del proceso de paz. ¿Qué tal, por ejemplo, eso de que al permitirle reuniones en La Habana se le está dando a la guerrilla una ventaja militar estratégica? Caramba, esa moneda tiene otra cara. Concentrados los comandantes en Cuba, los guerrilleros rasos quedan desprotegidos y desorientados. Lo que les falta a las Farc no son armas, ni dinero, ni reuniones estratégicas; les faltan mandos medios experimentados, los cuales vienen siendo diezmados hace años. De estos no venden en Cuba. Además, vaya si sería difícil devolver a todos esos comandantes a sus puestos de combate una vez fracasen las conversaciones. ¿O acaso los militares colombianos son bobos y no les tienen trampas tendidas? ¿Y cómo hacen ahora para reclutar cuando ya se sabe que van de salida? En síntesis, no se ve cómo las Farc vayan a retomar la vía violenta con éxito.

También es equivocado pensar que el tiempo les favorece. Es cierto que las Farc desde siempre creyeron que era así. Sin embargo, su perspectiva internacional ha empeorado de forma inocultable en estos dos años. Muerto Chávez, ya nadie apuesta por ellos. El gobierno de Maduro no da pie con bola y ve cómo arrecia la confrontación entre los “colectivos”, de un lado, y Diosdado Cabello y las Fuerzas Armadas, del otro, de suerte que no tiene ni el interés ni el modo de jugar con fuego en el país vecino. Correa dejó de hacerse el de las gafas hace mucho, así todavía no controle una parte de su frontera. Tampoco se concretó el acercamiento entre Obama y los hermanos Castro, que siguen arrugándose en sus mecedoras sin que se vislumbren salidas para la claustrofóbica isla. En Europa, un rompimiento de las negociaciones o un largo estancamiento serían muy mal vistos, ahora que la comunidad internacional se ha acostumbrado a contemplar el fin del conflicto. La intelectualidad europea, tan adicta en su momento a las revoluciones tercermundistas, ahora tiene otros problemas internos más urgentes que atender.

Por último, acaba de entrar en juego la CPI, cuya fiscal le devolvió intacto al fiscal Montealegre el verrugoso batracio que éste le había llevado de regalo. Ya antes la Corte Constitucional colombiana aclaró que los incursos en delitos de lesa humanidad no pueden aspirar a cargos de elección popular. Las puertas, en síntesis, no se están abriendo para las Farc, se están cerrando.

En una única cosa sí tienen razón los enemigos del proceso de paz: el Estado no tiene por qué ser condescendiente con las Farc. Ellos no están negociando por gusto, sino porque su aparato militar está en retirada estratégica, de suerte que hay que ponerles el dulce a mordiscos. Nada de cariñitos.

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