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Sin partidos

26 de junio de 2012 - 06:00 p. m.

El bochornoso espectáculo dado por el Congreso la semana pasada al trufar la conciliación de la ya cuestionable reforma a la justicia con una alta dosis de carne de mico descompuesta tiene un responsable principalísimo: los partidos políticos, o más exactamente, su hecatombe.

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La serie sobre Pablo Escobar que ahora pasa por la televisión nos ha recordado cuándo fue la última vez que alguien tuvo la intención de sanear de veras un partido político en Colombia. Luis Carlos Galán aparece allí forzando a su amigo Rodrigo Lara Bonilla a pasar por el comité de ética del Nuevo Liberalismo para responder por lo que luego se supo era un montaje en el que Evaristo Porras pudo colar un cheque en la campaña al Senado de Lara. La idea de Galán —ingenua a la postre— era expulsar al clientelismo y a la corrupción del Partido Liberal. Asesinados Galán y Lara por Escobar con la clara complicidad del ala criminal del liberalismo, la profesión como un todo ya no levantó cabeza, así haya habido valiosas excepciones individuales que, sin embargo, nunca lograron regenerar a los partidos como instituciones.

Y es que a la gente se le olvida que no hay, ni debe haber, congresistas sin partido, y que si éstos en su gran mayoría se han convertido en una horda de profesionales de la componenda y de la supervivencia burocrática, ello se debe a que sus jefes no hacen nada efectivo para impedirlo.

Se ha intentado la solución antipolítica, o sea los políticos que son tan sumamente dignos que no se rebajan a hacer política —el ejemplo más notorio es Antanas Mockus, pero hay muchos otros—, estrategia que fracasó de forma estruendosa. Y es que lo que se requiere no es antipolíticos, sino políticos que siendo políticos no sean sinvergüenzas. Esto no tiene por qué ser imposible.

Mi apuesta, de tiempo atrás, es que la única manera de rescatar y renovar la política es fundando partidos nuevos, dado que los viejos cargan con una larga ristra de episodios vergonzosos —si faltaban pruebas, ahí están los liberales y los conservadores que participaron de lleno en el fétido proceso de la reforma a la justicia—, aparte de que todavía tienen en su seno a muchos partícipes de las francachelas del pasado, tan campantes. La izquierda democrática tampoco ha sido capaz de tomar el relevo y de la debacle del Partido Verde mejor no hablemos.

El espectáculo que vimos a partir del jueves ha sido realmente penoso: renunció con dignidad el ministro Esguerra, pero los demás responsables están buscando escondederos a peso. El Gobierno, gran promotor de la reforma, ha tomado por un azaroso camino que quizás pueda evitar que el esperpento quede inscrito en la Constitución, pero no que sus malabares dañen la seguridad institucional del país. Y la política como un todo sale más encochinada que nunca.

Vienen tiempos agitados. El Gobierno pagará cara su frivolidad, los partidos aún más caro el descaro de sus congresistas y a los de a pie no nos queda otra alternativa que intentar la revocatoria del esperpento de la reforma por la vía plebiscitaria, así la Corte Constitucional la hunda antes por vicios de forma.

Por el camino surgirá de nuevo la tentación antipolítica, mientras que otros intentarán capitalizar el descontento masivo con fines politiqueros. Ojalá no se repita la maldición de Lampedusa según la cual los cambios que vienen son para que todo siga igual.

 

andreshoyos@elmalpensante.com@andrewholes

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