Casi tan importante como la mala distribución de la tierra en Colombia es su mal uso.
Recordaba el otro día Manuel Rodríguez que la humanidad podría llegar a 9.500 millones de habitantes en 2050 y que, debido al crecimiento de las clases medias, la producción de comida tendría que aumentar en un 50%. En este contexto no sólo es imposible detener el desarrollo agrícola de un país como el nuestro, sino que resulta inmoral intentarlo. El desarrollo del agro, que tiene como condición básica acabar con el conflicto interno, no se logra jugando al gato y al ratón o saltándose las normas con sociedades en Luxemburgo; se logra con leyes y planes claros y estables.
En Colombia hay 22 millones de hectáreas aptas para la agricultura, de las que se explotan cinco. Por eso a los electores tendría que interesarnos saber qué proyecto tiene cada candidato o partido para dar este brinco del 440%, en qué plazo y con qué costos, obviamente sin tumbar más bosque primario e incluso reforestando varios millones de hectáreas inútiles para la agricultura y para la ganadería. Cuando la discusión se enfoca así, su eje cambia y muchos supuestos hoy al rojo vivo se enfrían.
Pensemos primero en la ilusión de la autosuficiencia radical. Colombia importa nueve millones de toneladas de granos o de producción equivalente en granos para producir alimentos. Si nos empeñáramos en producirlo todo aquí con un rendimiento mediocre de tres toneladas por hectárea, agregaríamos teóricamente a la cocción apenas tres millones de hectáreas, destruyendo por el camino las posibilidades de exportación del resto. De ahí que el modelo de la autosuficiencia radical tenga un tope absoluto de siete u ocho millones de hectáreas.
Hoy la agricultura genera más o menos un empleo directo por cada dos y media hectáreas, mientras que la ganadería extensiva genera un empleo directo por cada cuarenta. Esto nos enfrenta a la paradoja de que esta última impide trabajar el campo, en tanto que una ampliación intensiva de la agricultura, según el modelo actual, se estrellaría contra un déficit de mano de obra. La cuenta es sencilla: si hay que desarrollar 17 millones de hectáreas nuevas, a razón de un empleo por cada dos y media hectáreas, se necesitarían 6,8 millones de personas adicionales, fuerza laboral que no está disponible en Colombia. Todavía más utópico es pensar que un área tan extensa pueda desarrollarse sólo con base en explotaciones pequeñas. No queda entonces otro camino que aumentar la productividad y combinar extensiones para que se necesite menos mano de obra.
Al ampliar el área agrícola, Colombia descubriría lo que en su momento descubrió Malasia: que pronto deja de importar el modo de explotación, pues en 22 millones de hectáreas caben todos los regímenes de producción, desde la gran plantación capitalista, hasta cooperativas cuasi socialistas, pasando por medianos y pequeños agricultores. Y sí, también cabe mucha inversión extranjera bien regulada y gravada. La otra pregunta —¿el país puede aprovechar plenamente su potencial agrícola sin tratados comerciales?— se responde a sí misma: no, porque no tendría a quién venderle los excedentes.
Así, mientras los organismos judiciales y de control hacen su trabajo sobre las trampas de algunos empresarios, hay que dejar de lado las prevenciones y proponer salidas prácticas. Cuente a ver, don candidato o doña candidata, cuál es su plan para el desarrollo agrícola.