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Veintiún días

27 de mayo de 2014 - 10:09 p. m.

En el lapso del título, apenas tres semanitas al decir de las abuelas, sabremos si Colombia hace zig o hace zag.

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Yo creo que el modelo que debe tenerse en cuenta es el de las elecciones de 1998, cuando en los mismos veintiún días de marras hubo un aumento de votantes del 14,8% y la abstención se redujo en un 7,7%. Serpa había ganado la primera vuelta y muchos nos temíamos que ganaría la segunda, en la que al final de todos modos aumentó su votación en un 55%. Sin embargo, este salto no le alcanzó pues Pastrana, un candidato tan débil como lo es hoy Juan Manuel Santos —“lo único que no le perdonaremos a Samper es que nos haya obligado a votar por Pastrana”, dijo famosamente Hernando Gómez Buendía—, aumentó la suya en un increíble 69%. ¿Por qué salió más gente a votar? Porque lo que se decidía era la continuidad o no del samperismo en el poder, algo muy importante para la salud institucional del país en ese entonces.

Si extrapolamos el modelo 98 a hoy, la dupla Uribe-Zuluaga necesitaría cuatro millones de votos adicionales para ganar, mientras que el candidato presidente necesitaría cuatro millones y medio. Contando con el 70% de los votos de Marta Lucía Ramírez, el 10% de los de Clara López y el 30% de los de Peñalosa, Zuluaga sumaría algo menos de dos millones adicionales. Le quedarían faltando otros dos millones de votantes nuevos para ganar. El aumento de Santos con un 15% del voto de Marta Lucía Ramírez, un 70% del de Clara López y un 50% del de Peñalosa sería de casi 2,2 millones de votos, por lo que le faltaría otro tanto y un poquito más para ganar.

Empiezo por aclarar que al menos un voto depositado por Peñalosa irá para Santos: el mío. Pero si el de arriba es un estimativo razonable, la elección no la vamos a decidir los que sí votamos, sino los indecisos, los que no salieron el domingo. ¿Qué se sabe de ellos? Pues saberse lo que se dice saberse no se sabe mucho, pero uno puede especular y hacer preguntas. ¿Se quedaron en casa dos millones de uribistas? Tengo mis dudas o, mejor, espero que no. ¿Habrá dos millones de colombianos más dispuestos a poner en grave riesgo el proceso de paz? Vuelvo a esperar que no, pero está lejos de ser imposible, sobre todo si la campaña de Santos no acierta a la hora de explicarle a la gente que el miedo que siente es fundado y que este país no saldrá de su espiral de crueldad si lo volvemos a poner en manos de unos dirigentes obsesionados con la revancha, así en estos días vayan a pavonearse por ahí disfrazados de palomas.

Mi apuesta es que la guerra no se impondrá y que los indecisos se inclinarán por la paz. Resulta paradójico, pero ahora que la ventaja militar adquirida por el Estado en los últimos años sugiere que el país sí está en capacidad de ganar la guerra, aunque con un costo altísimo en muertos y heridos, para no hablar del pecuniario, es cuando tiene más sentido ser magnánimos y flexibles, sin sobrepasar ciertos límites. De acuerdo, del lado opuesto están las Farc, un grupo que ha hecho un daño colosal a lo largo de cincuenta años, pero cuya aniquilación carece de sentido si firman un pacto razonable. Es el gran reto para nuestra madurez como nación.

El dato clave el 15 de junio será la abstención. Si se mantiene cercana al 60%, es decir si la indolencia nos gana, la dupla Uribe-Zuluaga tiene las de ganar. Si se reduce a menos del 55%, que tampoco es tanto pedir, el candidato presidente tendría mejores posibilidades.

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