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A propósito de la Misión de Política Exterior

20 de abril de 2010 - 11:48 p. m.

El informe de la Misión de Política Exterior, convocada hace un año por el canciller Jaime Bermúdez, ofrece una reflexión comprehensiva, rigurosa y oportuna sobre el entorno global, regional y nacional, así como aspectos neurálgicos de la agenda internacional de Colombia. Asimismo, traza una hoja de ruta que, de ser tomada en serio por el próximo ocupante de la Casa de Nariño, ayudaría a reencauzar las relaciones del país con el mundo.

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Entre los temas novedosos que plantea, cuatro llaman la atención. Primero, ante la creciente importancia de los Derechos Humanos y su deficiente manejo diplomático se propone la creación de una política integral que articule la protección de éstos con los programas de desarrollo económico y social. Asimismo, y ante la tendencia de desconocer a la sociedad civil —especialmente las ONG— como actor legítimo de las relaciones internacionales —e incluso de estigmatizarla— se sugiere establecer espacios institucionales de interlocución. Segundo, se identifican el medio ambiente y los recursos naturales estratégicos como la gran oportunidad —desperdiciada hasta ahora— para que Colombia pueda potenciarse como líder internacional. Tercero, se afirma que el país debe convertirse en una potencia regional en materia de exportación de alimentos, no sin antes aclarar que ello demandaría una poco probable reforma a la tenencia de la tierra y el desarrollo de una mejor infraestructura nacional. Cuarto, y con el fin de coordinar las políticas de defensa con la política exterior, equilibrando así los intereses militares —que se han vuelto preponderantes– y civiles, se plantea crear un Consejo de Estrategia y Seguridad Nacional.

De los que no son nuevos pero sí de mucha importancia se destacan la redefinición de la política de fronteras, con énfasis en el establecimiento de una presencia integral y democrática del Estado; el redimensionamiento de la relación con Estados Unidos y la creación de un mecanismo público para evaluar el desarrollo del acuerdo de cooperación militar; y la realización de un examen mundial, impulsado por Colombia, de la fallida “guerra contra las drogas”.

Además de los temas señalados, el informe hace hincapié en otros que reflejan un decálogo que ha sido repetido desde el gobierno de César Gaviria (1990-1994) para acá. Éste reza que para no ser un simple espectador el país debe: diversificar sus relaciones internacionales; mirar hacia Asia; fortalecer la integración con América Latina y el Caribe; mejorar la atención a los colombianos en el exterior; y promover la cooperación internacional, entre otros.

Como lo reconoce tanto el decálogo como el informe de la Misión, la capacidad de interactuar mejor con el mundo supone una política exterior de Estado y un aparato diplomático moderno, sin los cuales el resto queda sin pies. Y allí está el quid del asunto. En un país cuya clase política y económica no entiende el valor de la diplomacia para la defensa de los intereses nacionales y que ve “normal” su clientelización es difícil concebir que cualquier gobernante arriesgara su capital político para cambiar las reglas de juego vigentes. Por ello, el debate sobre la política exterior del país debe centrarse en cómo lograr lo inimaginable.

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